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Es la hora



Lo que realmente es el lema del Mundial Sudáfrica 2010 pareciera una sentencia para novias y esposas. Hoy muchas mujeres se quedarán "viudas" o volverán a ser "solteras" durante un mes. Otras empezarán a tramitar los divorcios. Perderán a sus parejas en aras de una competencia que no tiene que ver con otra fémina.Y es que si a los hombres les preguntan durante una Copa Mundial qué prefieren, si el fútbol o la compañía de su novia o esposa, la mayoría se decidirán por la primera opción. Yo no entiendo por qué una cosa tiene que estar peleada con la otra. Evidentemente es porque a muchas de mis congéneres no les interesa ni poquito el evento, pero eso tampoco me cabe en la cabeza. Vaya, yo no soy ni remotamente futbolera (y eso que crecí rodeada de 4 hermanos hiper fanáticos del balonpié), pero aprecio el acontecimiento de cada 4 años. Supongo que debo atribuir mi tolerancia a que creo entender el bello espíritu de dicho deporte, y por eso tengo la firme convicción de que la FIFA World Cup es un evento digno de seguir (y más aún si eso implica compartir un ámbito extra con la pareja). No tenemos que enterarnos de liguillas y demás torneillos del estilo, pero el Mundial y la Eurocopa son tan emocionantes que no se necesita saber demasiado del tema para disfrutarlos. Ahora, si para ustedes mujeres anti-soccer, tal deporte representa lo que para mí el fútbol americano, del que no entiendo nada, ni sé de equipos, me parece aburridísimo y eterno, y del que no me interesa aprender, entonces las apoyo y organícense maratones de Grey's Anatomy o la serie de su preferencia con sus compañeras de dolor. Yo sí voy a ver el Mundial.

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A propósito de cine




Como me imagino que les pasa a la mayoría de ustedes (señoras con hijos), desde que soy madre son contadas las veces en las que voy al cine. Sin embargo, de cuando en cuando se presentan ocasiones en que dan una cinta que ya sea mi marido, yo, o ambos, no podemos esperar a ver en DVD, y entonces hacemos todo lo necesario para lograr estar sentaditos en las butacas por lo menos 20 minutos antes de que empiece a girar el celuloide.
Para mí, Sex and the city 2 representaría uno de esos acontecimientos de tremenda urgencia. Aunque al 95% de las mujeres que conozco (siendo el 1% detractoras de la serie y el otro 4% nunca se ha dado el tiempo de verla), sí me considero una de las más grandes admiradoras de la misma. Prueba de ello es que tengo las primeras ediciones de cada una de las temporadas (y 2 en el caso de la 6a pues la que sacaron en México traía un final alternativo que la norteamericana no), y que sus cajas están rotas y algunos discos rayados por tanto uso (y por descuido, también hay que decirlo). Inicié en esto que pareciera haberse convertido en un culto a varias de mis amigas más cercanas, y he visto cada capítulo (uno tras otro) al menos 10 veces. Además ya una vez escribí un post acerca de la transformación que considero que he sufrido comparando mi antes con Miranda y mi después con Charlotte.
El resumen es que después de cálculos exhaustivos combinando los horarios de las funciones con los de la escuela de mi hijo (y teniendo clarísimo que mi marido de ninguna manera me acompañaría en fin de semana para esta ocurrencia específica), ya me resigné a que esta vez no me será posible ver en la pantalla grande la película de las que fueran mis heroínas. Sin embargo, siento la imperiosa necesidad de escribir sobre el tema que está en boca de todo el mundo.
Al día siguiente de las proyecciones de SATC 2 para la prensa, la red se llenó de reseñas rebosadas de aversión que han destrozado el filme. Como parte de la fanaticada y aún sin haber visto la secuela, creo entender la raíz de tanta antipatía: la decepción. Porque aunque aún no veo la 2a, salí sintiéndome profundamente desencantada de la 1a versión cinematográfica. Aunque ya me había dado cuenta que desde el inicio los personajes son bastante irreales, incongruentes con su edad y su época y las actuaciones vergonzosamente exageradas, tenía la ilusión de que usaran el filme como una nueva oportunidad para reivindicarlas (específicamente a Carrie). Y no. Se dieron el lujo de ponerla en el papel más abnegado y dependiente de su vida, pero también más fashion y glamorosa que nunca. Lo que más me soprende es que la crítica no se ensañara tanto con la primera versión como con la segunda, si ese fue el primer chasco que nos llevamos las seguidoras de la serie (qué mayor incongruencia podrían haber retratado que la de dos incasables que se casan?). Creo que ya se podían haber imaginado qué esperar de la secuela y que, como en la vida misma, tenemos una de dos: o rechazar el principio y hacer como que las películas nunca existieron, aferrándonos al pasado glorioso de la serie, o bien ir a verla con la mejor disposición de disfrutar lo disfrutable, que entre escenarios y vestuario debe ser mucho. Yo, cuando lo logre, definitivamente la veré con los ojos de alguien que entiende que si bien una serie NUNCA debería ser llevada a la pantalla grande y que por si fuera poco "segundas partes nunca fueron buenas", mi concepto de fan es acompañarlas hasta el final, por más agonizante que éste sea (y que espero, en serio sí sea ya éste de una vez por todas). ¡Ya quiero verla!

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Si tienes tele...


La televisión nos proporciona temas sobre los que pensar, pero no nos deja tiempo para hacerlo.
Gilbert Cesbron

Ya casi nunca veo la televisión. Tengo acumulados como 15 capítulos de In treatment en el aparato de grabación digital que ya está al 80% de su capacidad, una temporada de Six feet under, una de Entourage, una de 30 Rock (todas en DVD), y muero por rentar los documentales de The September Issue, Helvetica, Objetified en el Apple TV...pero no tengo tiempo. Si llego a contar con unos minutos de sobra en casa (ja), tomo un libro, o una revista... o checo las redes sociales. En fin, por lo anterior, hace mucho que no veía comerciales. Ayer, al prender la pantalla para poner una película para mi niño, mi atención no pudo evitar ser atrapada por el anuncio de la película de Sex and the city 2 -una cinta que, aunque sé que está 3 veces peor que la primera, no puedo dejar de ver y reseñar.
El caso es que en cuanto terminó el promocional de la película, empezó la publicidad de un líquido para la limpieza de la casa. No voy a entrar en detalles del producto, pero el resumen es el siguiente: un ama de casa joven, guapa, que se nota contemporánea pues, resuelve rápido, de manera eficaz y de buen talante un aprieto en el que el marido "la metió".
Esos 15 segundos de publicidad estuvieron dando vueltas en mi cabeza toda la tarde. No sabía qué era lo que me causaba más conflicto, si que me hubiera identificado con la protagonista del mini drama comercial o que se siga perpetuando la idea machista de que una mujer tiene que saber hacer de todo, hacerlo bien y además de buenas. Entonces, una amiga posteó esto en su Facebook. Mi primera reacción fue: "Claro, 60 años han pasado y nada ha cambiado!". Sin embargo, después de pensarlo con la cabeza fría, creo que la diferencia principal radica en que ahora las que nos dedicamos a nuestro hogar (al 10 o al 100%), lo hacemos porque queremos. La mayoría de las mujeres de los 50's no tuvieron mucha elección. Ahora, eso no quita que para nuestra generación sea aún más difícil que para las del siglo pasado. Al final, a ellas las mentalizaron, canalizaron y prepararon para lo que tendrían que hacer. Nuestro caso es especialmente complicado porque pareciera que sólo nos proyectamos para estudiar y trabajar. Somos prácticamente la primera "camada" de mujeres que salen de las universidades a las oficinas por varios años, para después (o al mismo tiempo), tratar de procurar lo mejor en casa, y eso implica muchas ganas, dedicación, paciencia, frustraciones y sacrificios (tan banales como dejar de ver televisión). Y si no hay ganas, y/o tiempo y disposición, pues siempre se puede comprar comida hecha en la cocina económica de la esquina, por ejemplo. Yo sí prefiero aprender a cocinar y, por qué no, disfrutarlo. Sin embargo, la principal ventaja que tenemos sobre nuestras ancestras no es que tengamos alternativas para resolver lo que no podemos o no queremos hacer, si no que podemos hablar sobre ello. Lo que nos diferencia de nuestras abuelas es que ya no les servimos a todos para luego quedarnos en la cocina lavando platos, que no guardamos bajo llave nuestras recetas, y que hablemos de nuestras inquietudes no está mal visto, sino que hasta es comprendido y apreciado. Así que supongo que algo sí se ha ganado, aunque sigamos sin tiempo de ver cómo nos retratan en televisión, lo cual, creo, no está nada mal.

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Enamorada



Si, como dicen por ahí, el amor a los hombres les entra por los ojos, ahora entiendo por qué a las flores se les ha comparado con las mujeres.
Y es que, he de confesarlo, me siento como un superficial varón ante la apariencia física: estoy perdidamente enamorada de la belleza de las flores.
Nardos, Casablancas, Azucenas... Me he vuelto dependiente de su aroma. Disfruto muchísimo ver cómo van abriendo las puntas de las Estrellas de Belén conforme pasan los días, y me parece un crímen que las Margaritas se deshojen en aras de conseguir respuesta acerca de un amor incierto.
Siempre pensé que estas últimas eran exclusivamente blancas. Ahora sé que, como las Gerberas (que son las mismas, sólo que más grandes), se encuentran una gran variedad de colores. Las verdes me tienen fascinada.
Intentar saberse los nombres de todas ellas es un reto mayor, y más cuando nadie conoce la nomenclatura científica (esperar semejante cosa sería absurdo) y se denominan de distintas formas, dependiendo de la región o del país. He notado, por ejemplo, que a las Lilis les llaman según su color (a las rojas se les conoce como Acapulco), que las Astromelias son conocidas en otro lados como Lirios peruanos, y que a las Bocas de dragón o Dragonaria, en nuestro folclórico país se conocen como "Perritos".
Las que me quitan el sueño desde ayer que las vi al pasar en el mercado son la Flor de ajo y la de Alcachofa. Su precio me hizo pensármelo dos veces, pero creo que el fin de semana iré a buscar un par de ellas.
Lo único lamentable de mi nuevo vicio es que las uso y las desecho, tal como lo hacen los machos de los que habla Manzanero en su bolero Cómo duele, que "ven una flor y les da por arrancarla".
Por eso estoy considerando tener algunas en maceta (aunque la verdad es que jamás he logrado mantener con vida una planta). El sábado no me pude resistir y compré un Jacinto acuático, pues fue un flechazo a primera vista. Hasta ahora parece que voy bien y si llego a tener un "pulgar verde" como con el que nació mi marido, quién sabe, quizás hasta llegue a ayudar con el cuidado del jardín. Como sea, ahora tengo una aspiración más en la vida: llegar a ser florista, aunque sea de mi propia casa.

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Detener el tiempo




No es casual que en algún punto de la historia el hombre haya soñado con detener el reloj. Los minutos se escapan velozmente frente a nuestros ojos convirtiéndose en horas, días, semanas, meses y años sin que podamos hacer nada por evitarlo.
Y en ese angustiante transcurrir pareciera que cumplimos al pie de la letra con todo lo ordinario (como los trayectos diarios, sacar la basura, lavar los trastos, la ropa, comer, dormir, etc.) y dejamos de un lado lo extraordinario. Tristemente solemos darle prioridad irrefutable a lo-que tengo-que-hacer, y guardamos lo-que-me-gustaría-hacer en el cajón que nunca abrimos ni para quitarle el polvo que se ha acumulado.
Este deprimente síntoma de la escasez de hedonismo de los tiempos modernos generalmente suele relacionarse con la llamada madurez y se acentúa con la edad, sobretodo cuando hay que barajar demasiadas responsabilidades.
No es que elijamos ser así, la vida nos orilla a ello, y en nuestros ajetreados itinerarios rara vez hay un apartado que se entitule "Tiempo para mí". Total que lo preocupante es que, un buen día, uno voltea para darse cuenta que ya pasaron veinte años y que todavía no ha emprendido ese viaje soñado, que no se ha inscrito en esas clases que tanta ilusión le provocaban y, que aunque Stephen Hawking acabe de dar tres opciones supuestamente viables para viajar en el tiempo, la verdad es que es poco probable que esa sea una posibilidad real para volver al momento en el que teníamos el espíritu fresco y la fuerza física de hacer muchas cosas.
Así que últimamente he luchado contra las mancecillas para ver si logro robarle los suficientes minutos para juntar tres horas y así poder asistir a una clase de meditación al menos una vez cada tres semanas. También estoy buscándole un agujero a los bolsillos del reloj para ver si con lo que encuentre ahí logro avanzar en la lectura del libro en turno. En ocasiones me quiero pasar de lista y, tomándome un espresso a las 7 de la tarde, logro ver si acaso un capítulo completo de la serie que es en este momento es mi preferida. Desgraciadamente el despertador me cobra esa ocurrencia con creces, y me hace darme cuenta que reducir mis ciclos de sueño sólo resulta en que al día siguiente la rutina me cueste más trabajo y termine aún más cansada. De cualquier modo no me voy a rendir. Seguiré buscando la manera de detener el tiempo un poquito cada día para privilegiar una actividad que no sea de necesidad básica por el puro gusto de hacerlo.

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Comprando con los ojos


Los norteamericanos tienen un término, window shopping, que se refiere a ir a los centros comerciales para comprar únicamente "con los ojos". Se hace para pasar el rato, planear una futura compra, o simplemente para fantasear. Nosotros los mexicanos no tenemos una expresión exacta para la misma actividad, pero la frase que sí nos tenemos bien aprendida es: "Gracias, sólo estoy viendo".

Últimamente la he aplicado MUCHAS veces. Si bien antes tenía la costumbre de consentirme un poquito con una prenda de vez en cuando, ahora ese privilegio se reserva a las ocasiones especiales como cumpleaños, día de las madres y Navidad. Y creo que mi contingencia (que debe ser la de miles de personas más) la deben estar sintiendo severamente en los establecimientos comerciales, pues hoy mientras hacía un poco de window shopping, noté más solícitas que nunca a las empleadas de las tiendas.

Ante tal perspectiva ha pasado por mi cabeza la idea de llevar varias prendas a arreglar (cosa que, por cierto, nunca he hecho) y estaba considerándolo seriamente cuando me encontré con una nota que aseguraba que la crisis nos estará afectando a la mayoría, pero que hay gremios que se ven especialmente favorecidos por la misma. Uno de ellos es el de los sastres. Lo anterior no me sorprendió en lo más mínimo, más bien me consoló un poco. No soy la única que está pensando en darle una segunda oportunidad a esas prendas al fondo del clóset.

Esto es una prueba más de que estas épocas, en lugar de sufrirlas, hay que aprovecharlas para explotar la creatividad. Algo seguro es que ninguna otra mujer lucirá el mismo atuendo que nosotras. ¿Así o más exclusivo el asunto?


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Música de fondo


Trabajé tanto tiempo en la misma oficina que llegué a temer que, en mi lecho de muerte, alucinaría con la grabación que tenía que escuchar al revisar mis mensajes telefónicos. (Léase con tono gangoso): "Buzón de voz Meridian... Contraseña... Usted tiene # mensajes de voz nuevos. Mensaje 1, NUEVO, del número de teléfono 5-5-5...". Era tal mi angustia ante la posibilidad de que eso se metiera en lo más oscuro de mi subconsciente, que intenté muchísimas veces encontrar un atajo para acceder directamente a los recados sin pasar por la letanía anterior. Nunca lo logré, parece que era imposible.

Ahora eso ha quedado atrás, pero mi nueva preocupación es que nunca pueda sacar de mi cabeza los sonsonetes de las canciones infantiles del canal de programas favorito de mi niño. Y es que él no puede concebir estar en la casa con la tele apagada (la esté viendo o no).

No lo puedo culpar, los contenidos que existen ahora para los críos de su edad son tan fascinantes y bien realizados que hasta uno como adulto puede quedarse viéndolos un buen rato sin cambiar de canal. Sin embargo a veces me gustaría tener un poco de silencio.

Mi revancha llega cuando voy en el coche. A falta de un transmisor de f.m. decente para poder reproducir la música que tengo en mi iPod, y siendo muy descuidada como para cargar con mis cd's, me he convertido en una exploradora experta de las opciones radiofónicas. Cuando no encuentro nada de mi agrado musical, confieso quedarme absorta en los programas dirigidos a mi nicho mercadológico (mujer de 25 a 40, profesionista, con hijo(s) y que pasa tiempo en su casa). Antes no los escuchaba porque no estaba en el auto a la hora que los transmiten y porque no sabía de su existencia. Además su contenido tenía poco que ver con mi vida anterior. Ahora he de reconocer que ya hasta los busco, y que atormento a mi marido y demás conocidos con las entusiastas reseñas que hago de los mismos.

Creo que al final no soy tan distinta a mi hijo. ¿Cómo resistirse a algo que está especialmente dirigido a uno? Ni hablar, soy un target fácil, fascinada ante los medios que parecen nuevos a mis oídos, los cuales parecen ser presas fáciles del ruido externo. Mejor voy a poner un poco de música de fondo...

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Tanto que disfrutar, poco tiempo para hacerlo.


Anoche vi la grabación de la entrega de los premios Emmy. De no ser por mi adorado TiVo, me la hubiera perdido. Muchos de los shows nominados no los conocía, no sólo porque no los pasan en nuestro país, sino porque además uno no puede ver TODO lo que hay en la televisión. Pero independientemente de que no soy tan adicta a ninguna serie me di cuenta que, los programas de los que sí soy fanática, hace mucho tiempo que dejé de verlos. De hecho, de no ser por esa maravilloso aparato digital o por los box set en DVD, no conocería ni de la quinta parte de los programas que puedo ver en los ratitos que me quedan libres (y además con la maravillosa ventaja de darle fast forward a los anuncios). Eso me recordó una conversación con amigos el fin de semana, en donde una parte del grupo apoyaba la idea de que la tendencia es a enterarse por 'flashazos' o de una manera superficial de lo que pasa en el mundo (noticias, libros, música, cine, reportajes, blogs, etc.). Otros asegurábamos que siempre hay tiempo de profundizar en lo que a uno le interesa.
Reconozco que yo también he sentido una gran angustia al toparme con referencias a temas de lo que nos gustaría indagar más, que me abruma la cantidad de información disponible en cualquier formato, que siento constantemente rebasada mi capacidad de dedicarles atención, que me afecta el bombardeo de mensajes que llegan por todos lados, pero siempre hay los temas favoritos para los que sí nos hacemos tiempo.Todo es cuestión de buscar momentitos... además ¿no es para eso que existen las herramientas tecnológicas como los podcasts, o los celulares con acceso a internet?

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Escapada al spa


Solemos relacionar la necesidad de descanso a un proyecto vacacional que requiere una gran planeación, hacer un enorme gasto y recorrer bastantes kilometros de distancia. El resultado: pocas salidas y mucha tensión antes, durante y después del viaje. En realidad para encontrar un poco de sosiego, lo único que hace falta es alejarse de la rutina y algunos mimos. La semana pasada mi marido y yo dejamos al bebé en muy buenas manos y nos fuimos unos días a un hotel/spa a poco más de una hora del D.F. Fue fantástico. Y es que además de lo bien que hace abandonar el caos urbano y deslindarse de responsabilidades, los masajes poseen grandes beneficios para el cuerpo humano a distintos niveles. Favorecen la relajación física y psíquica, alivian la tensión (previniendo y eliminando el estrés y la ansiedad) y facilitan la absorción de líquidos, previniendo la hinchazón, entre otros muchos beneficios. Si a eso se le agrega unos baños en aguas termales, la combinación es inmejorable. Pero lo mejor de estar en un spa: uno no tiene que pensar en hacer de comer, lavar trastes o meterse en el tráfico. Apenas volví y ya me quiero volver a ir...

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Cocinar es una gran terapia


He descubierto que algunas labores propias del hogar son muy terapéuticas. Picar verduras o planchar ropa me resultan actividades relajantes e introspectivas (claro, mientras no las tenga que hacer con prisa). Como plus hay un resultado tangente y gratificante (sobretodo en el caso de la cocina). Sin embargo, cuando se vuelve obligación, puede ser bastante desgastante. Recuerdo a mi madre lamentándose del hecho de TENER que pensar diario en qué hacer de comer, y me parece que es una queja común de muchas amas de casa... Con todo lo que hay que hacer de manera rutinaria, rara vez queda espacio para la creatividad. Además se agrega el factor hijos-quejándose-de-que-no-les-gusta-esto-o-el-otro. O que no quieren verduras. O que de plano no quieren comer. Yo todavía no tengo ese problema. Mi niño todavía se alimenta de cosas muy sencillas, y yo, en un espíritu práctico, como lo mismo que él, sólo un poco más condimentado o con picante. Es una buena opción porque además son platillos muy adecuados para mi dieta, pero ayer estaba un poco aburrida y me puse a buscar una opción para preparar algo distinto. Preparé esta receta y quedó buenísima. Algo diferente, rico y sin perder de vista lo light. Lo mejor es que fue sólo una probadita de todo lo que puedo encontrar en línea... Así que seguiré experimentando.

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Qué bien se siente...


Cuando alguien te dice que ya te ves más delgada. Que tus sacrificios y esfuerzos se están viendo recompensados en tu linda figurita, la cual últimamente había lucido un poco rolliza. Estos últimos días me lo han comentado, y estoy feliz. Y es que cuando subo de peso, al principio siempre hago como que no pasa nada. De alguna manera mi cabeza me hace pensar que la báscula se desajustó y que no es gran cosa. Porque claro, igual uno o dos kilos no se notan, ¿pero qué tal cuando se vuelven tres o cuatro y nos llevan a considerar cambiar de talla? Peor todavía cuando dejamos que ese estado "temporal" se convierta en el estado natural de nuestro cuerpo. No sé cómo lo vivan otras personas, pero como yo siempre he fluctuado muchísimo entre pesos, cada que logro estar delgada lo vivo como un gran triunfo. Ojalá esta vez ya logre quedarme en un peso aceptable y aprenda a no irme a los extremos. Por lo pronto estoy feliz y no sólo porque se me nota y lo compruebo en mi ropa, sino también porque me siento mejor, con mucha más energía. Ya sólo falta una semana para volver a ir con la nutrióloga...

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Ir al súper en mi nuevo rol (de ama de casa)













A muchas de mis amigas no les gusta ir al súper. Lo ven como algo aburrido, una tarea que prefieren dejar que haga el chofer o quien les ayude en casa. A mí, he de confesarlo, me encanta. En esto sí que me siento como pez en el agua. Siempre, desde que vivía sola e iba únicamente a comprar unas cuantas cosas, gozaba el momento. Disfruto hacerlo tomándome mi tiempo, recorriendo cada pasillo para asegurarme que no me hace falta nada de ahí y que, si hay un producto nuevo, seguramente lo veré. También me gustaba ver qué llevaban otras personas en su carrito y a partir de eso, hacerme una idea de su estilo de vida. Pero la verdad es que ni los tiempos de crisis, ni esta nueva etapa de mi vida, me permiten realizar las compras como solía hacerlo antes. Hoy mientras estaba en el supermercado me di cuenta que resurtir la alacena se ha vuelto todo un ejercicio mental bastante entretenido. Empieza desde antes de salir de la casa, al hacer la lista y recordar llevar las bolsas ecológicas, y termina hasta el momento de no olvidar sellar el boletito del estacionamiento y tener a la mano cambio para pagar el mismo y dar propina al empacador y al "viene viene". Ya en el súper, voy sumando los precios de lo que llevo, al tiempo que repanso mentalmente la lista que hice en mi teléfono ultra high tech, la cual veo sólo una vez al entrar y otra vez al salir del lugar. (Esto me distingue de las demás señoras que no son tecnologizadas y que llevan su papelito arrugado en la mano). Entre más rápido pueda hacer todo lo anterior, mejor. Así tengo más tiempo para hacer otras cosas fuera de ahí. Aunque parezca tonto, hay que tener en cuenta el orden en que se encuentran distribuídas las cosas en el local para no tener que regresar a la primera estantería cuando uno ya se dirigía a la caja (para eso también está buenísima la aplicación de mi teléfono). Llevo la cuenta mental aproximada de cada artículo que meto al carrito: Frambuesas, 30 pesos, papaya, 21 pesos… llevo 51. Unos pañales, 149… ya son 200. No lo hago de manera exacta, voy redondeando, pero así la sorpresa de la cuenta total no es tan grande y también puedo detectar fácilmente lo que estoy llevando por puro capricho. Hay artículos que son imprescindibles, hay que comprarlos cuesten lo que cuesten, pero otros que en realidad me estaba llevando sólo porque se me atravesaron en el camino y me gustaron. Supongo que de esto se trata ser ama de casa eficiente y ahorradora. Nunca pensé que lo haría y la verdad, esta tarea no me disgusta. Lo único que me falta es cambiar de cadena de supermercado según el día de la semana, para ir aprovechando las ofertas. No sé si lo haga algún día, ya se me hace demasiado. Bueno, eso y verme súper glam como algunas señoras que yo me pregunto, ¿a qué hora se fueron a peinar al salón y en dónde dejaron a sus hijos? Yo no me arreglo como de boda para ir a hacer "el mandado" y mi niño, a su escaso año de edad, ya me está haciendo berrinches porque quiere que le compre algo que vio, haciéndome blanco de las miradas prejuiciosas de los que se encuentran cerca. Así que creo que nunca me veré como una diva en este lugar, pero eso no quita que me guste visitarlo.

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