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Soy un cliché



Todas nos sentimos únicas y en cierto sentido lo somos, pero no hay que creérsela. Así que empezaré por poner el ejemplo y lo admitiré de una vez por todas: soy un cliché. Si se asoman a mi bolsa encontrarán una lista del súper, un carrito de mi niño, tickets de compras y un estuche "de cosméticos" cuyo contenido se ha reducido a un espejito, una lima y un bálsamo para labios. Nunca sé en dónde dejé mi cartera. Voy al mercado, compro flores para mi casa. Comento el precio del jitomate bola con quien se deje. Me emociono cuando me topo con un accesorio de cocina lindo, o con esa espátula que tanta falta me hacía y que no había encontrado en ningún lado. Siento ganas de llorar cuando no me sale el arroz. Me encanta la ropa, los zapatos, los lentes y las bolsas. Hace mucho que no me hago un corte de pelo atrevido porque ni tiempo tengo para peinármelo. Tengo un hijo y quiero otro (y quién sabe, quizás otro más). Tuve una carrera ascendente y ahora "freelanceo" exclusivamente dentro del horario y calendario escolar (o por las noches). Cuando no estoy saturada de pendientes, hago galletas para amenizar una tarde. Leo apenas un par de páginas del libro en turno antes de quedarme dormida. ¿Podría ser más común? Y lo más aterrador de todo es que -detalles más, detalles menos-, mi historia es la misma que la de mi madre y que la de mi abuela, y que la de mi bisabuela ... eso no sólo anula cualquier atisbo de originalidad con el que pude soñar, sino que me convierte en un lugar común histórico. Así me ven muchos y lo mismo aplica para ustedes, señoras. Algún día nuestras hijas e hijos nos considerarán un grano de arena más de ese desierto que forma la idea de las amas de casa, como una figura aburridísima y triste, deprimida y abnedgada, pero eso no importa. Sólo nosotras podemos saber lo disfrutable y magnífico que es ser parte de este cliché.

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"Señito"


La vida me ha dado indicios de que no me tengo que preocupar más por cómo se dirige a mí la gente. Pareciera que "Señora" o "señorita" no se aplica a alguien con mi descripción o características y que nada me define mejor que "Señito". Con lo que me molestan los diminutivos. En verdad, a muchas las hará sentir mayores y se indignarán como si las hubieran insultado, pero yo prefiero que me digan Señora. El "señito" lo entendí como queriendo hacer alusión a que soy una madre y ama de casa joven, pero resulta que no necesariamente lo pronunciaron con esa intención. Qué dilema. Como si una no tuviera ya bastantes problemas de identidad.

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¡Tengo tarea!


¡No,no, no,no,no,no,no!

¡Tengo que hacer tarea!

Esto tiene que ser un sueño... mejor dicho, ¡una PESADILLA!

Ni cuando estudiaba fui buena para eso de trabajar fuera del aula. En segundo de primaria la maestra mandó llamar a mi madre para decirle que, por alguna rebeldía no descifrada, yo había decidido dejar de entregar el trabajo que dejaba diario a todos los niños del salón, y que era la única que no lo llevaba. Mi madre, apenadísima, no supo qué contestar y la maestra le dijo que no se preocupara, que eso no estaba afectando mi rendimiento académico y que mientras fuera así, estaba dispuesta a hacer una excepción conmigo.

No sé si eso fue bueno o malo, pero a lo largo del bachillerato experimenté muchos sobresaltos al enterarme el mismo día del deadline que tenía que haber hecho un ensayo, trabajo de investigación, experimento, etc. del cual nunca me acordé. Cómo logré aprobar tantas materias sin hacer tareas, aún no lo sé.

El caso es que terminada la carrera supuse que ya nunca tendría que preocuparme por hacer labores escolares en casa. Irónicamente el esquema de trabajar de manera independiente siempre me ha funcionado muy bien, pero ahora resulta que además de preocuparme por seguir mi profesión como freelance, ¡tengo que hacer trabajos para el maternal de mi niño!

Ni modo, y según me dicen mis amigas que tienen hijos o sobrinos más grandes, esto va para largo. Así que más me vale disciplinarme como nunca lo hice antes, apurarme (aún más) a terminar mi trabajo, y ponerme a hacer un storyboard y bosquejos de los dibujos (como si en serio supiera dibujar) que acompañarán a la trama del cuentito que me dejaron de tarea. En esa sí ya estuve trabajando anoche y trata de por qué hay que lavarse los dientes.

Spoiler alert (o dicho en español, les cuento el final de la historia): Si no se lavan los dientes, éstos ya no van a querer vivir en su boca.

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Las cuatro horas más cortas de la historia


Otra vez, me queda sólo media hora para tener que ir a recoger a mi niño. Qué ilusa fui cuando entró a la escuelita e hice tantos planes, pensando que tenía cuatro, CUATRO preciosas horas para hacer "lo que yo quisiera". Me inscribiría al Instituto Italiano para recursar los niveles que fueran necesarios y certificarme en el idioma, haría yoga, meditaría en el jardín, iría a que me hicieran manicure y pedicure, me vería para desayunar con mis amigas, quizás de vez en cuando me daría tiempo de tomar una siesta.
Ja-ja.
Siempre que me doy cuenta que, una vez más, ya "se me acabó el veinte", reviso en qué se me fueron los minutos. Días como ayer, en los que recorro la ciudad tres veces, visito dos oficinas, voy al banco, etc. ni siquiera tengo que hacer memoria, más bien me impresiona que de pronto me sobre un momento para tomarme un café por ahí. Son las mañanas como la de hoy las que se me escurren como agua entre las manos. Entre las vueltas, las llamadas, las entregas, ir al súper, al mercado, cocinar, sacar los pendientes, revisar correos, contestar los mismos, que suena el timbre, que toca la vecina, etc., etc., etc., "mi tiempo" no alcanza prácticamente para nada. De hecho empiezo a preguntarme cómo podría hacer todo esto si trabajara de tiempo completo y lejos de mi casa. En fin, me voy. De los doscientos cuarenta minutos ya sólo me quedan veinte, y me toma al menos quince llegar a mi destino. No puedo esperar a ver en qué se me esfuman las 4 horas que me tocan mañana...

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¿A dónde se fueron las vacaciones?




Pensé que sabía lo que significaban las vacaciones: descanso, olvidarse del trabajo, de cualquier tipo de obligación, salir de la cama a la hora que se antoje, y en ocasiones el concepto también comprendía cambio de locación.
Bueno, pues últimamente pareciera que la vida me está enseñando a reconsiderar todos los conceptos que creí que tenía claros y aprendidos.
Si bien mi marido y yo nunca hemos sido partidarios de salir de la ciudad en Semana Santa por razones obvias, admito que en esta ocasión quizás no hubiera sido tan malo. Por lo menos eso hubiera supuesto al menos UNA de las características que conlleva la temporada de asueto.
Ya tengo claro que con un hijo una se puede olvidar para siempre de levantarse tarde o de tener cualquier tipo de descanso mientras él esté despierto. Lo que no sabía es que trabajando como freelance no existen los días feriados, y que eso, junto con el hecho de tener que cuidar y entretener al niño todo el día porque no hay clases, se traduce en trabajar por las noches, cuando el agotamiento se está apoderando del cuerpo y de la mente.
Además quedarse en casa todo el día representa más tiradero, ahora que Raquel renunció (así como lo leen, ¡renunció!) y que Margarita se tomó unos días de descanso.
Entonces, si no me voy a olvidar de las entregas de textos y traducciones, voy a tener más trabajo doméstico y no voy a cambiar de escenario, prefiero que no haya vacaciones... Y no quiero ni pensarlo, pero ahí vienen las del verano...

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Iguales en la diferencia



Hace poco se celebró el Día Internacional de la Mujer. En Twitter y en Facebook no dejé de leer quejas de los hombres que hacían referencia a que no existe una festividad dedicada a ellos.
Vaya, no quiero que me tomen por una especie de feminista radical (porque no lo soy), pero sí me parece importante dedicar un día para recordar y hacer énfasis que la "igualdad" entre géneros no existe, y que es difícil que se alcancen derechos equitativos si no tenemos en cuenta, precisamente, las diferencias. Y cuando digo "un día" no me refiero a que sólo en esa fecha hablemos del tema y lo dejemos así, sino que nos demos un momento para reflexionar que no siempre las mujeres han gozado de las condiciones que tenemos en esta época, de lo que todavía nos falta por lograr y de los principios que idealmente se tendrían que aplicar todo el año.
Si no lo promovemos nosotras mismas, nadie lo hará, así que hago una invitación a que celebremos y revisemos nuestras circunstancias como si todos los días fueran 8 de marzo.

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Yo no olvido al año viejo



Ahora sí, estamos a punto de que se termine el 2009. El hecho de hacer un conteo que culmina con el comienzo del año nuevo, me recuerda la tradición de comer las doce uvas con las últimas campanadas del día 31 de diciembre. No he conocido a nadie capaz de pasarse esa cantidad de dicha fruta (con o sin semilla) antes de que ya sea momento de dar el abrazo. Si lo analizamos un poco, es bastante arriesgado, y pareciera la prueba final para llegar con vida a la nueva etapa.
Como sea, se acerca el momento de despedir este ciclo que, para muchos (y me incluyo), ha sido muy complicado. No conozco a nadie que considere que el 2009 fue un buen año. Cuando escucho que alguien dice "Ay, ya que se acabe el año por favor", pienso en que es un poco injusto culpar a un periodo orbital de nuestras infelicidades. Cosas malas pasan siempre, entre diciembres, o de lunes a viernes, en un lapso de 24 horas, o de un minuto a otro. Que estos últimos 12 meses han sido rudos, ni hablar. Sin embargo, siempre que un año agoniza me acuerdo de la letra de la canción de Crescencio Salcedo que interpretara Tony Camargo allá por los años 50, El año viejo. Debe ser la nostalgia al recordar las fiestas familiares de noche vieja de mi infancia, pero el mensaje de dicha melodía me quedó muy grabado: mejor que reprochar lo que haya sucedido, hay que ver lo bueno que los 365 días anteriores nos están dejando, para así recibir con la mejor de las actitudes al año que comienza. Y si de plano se impone un acto catártico, siempre se puede realizar un ritual para "deshacernos" del pasado. Le queda una semana, pronto pasará a mejor vida, y nunca hay que hablar mal de los muertos. Rindámosle honores al último año de la primera década del nuevo siglo. ¡Feliz año viejo!

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Upps...


Pasaron otros 30 días y me tocó ir de nuevo con la nutrióloga. Estaba segura que había subido por lo menos uno de los kilos que bajé el mes anterior, me porté taaaan mal las últimas dos semanas... Y es que, estar a dieta por un largo periodo, más que difícil es aburrido. Lo peor es que cuando ya se logró la mayor parte del objetivo, uno siente que se puede consentir un poquito, ¡error! El poquito se vuelve demasiado y aquí están las consecuencias. Lo bueno es que no subí, ni de peso, ni de porcentaje de grasa en el cuerpo, pero bajé sólo medio kilo de los dos que me faltaban. Me reprocho a mí misma no haber seguido bien el régimen alimenticio, ¡ya hubiera terminado y tendría libres los fines de semana! Ahora mi objetivo es seguir al pie de la letra el plan que me toca, ¡ya quiero terminar!

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¿Mamá o profesionista?


Hace poco en Lipstick Jungle (serie televisiva que disfruto mucho), Nico, una de las protagonistas y editora-en-jefe de Bonfire (una prestigiada revista en Nueva York), se presenta con un colega suyo. Él le pregunta sorprendido: "¿Una editora? ¿Le dan esos puestos a las mujeres?" Y ella contesta: "Sí, mientras no cocinemos o tengamos muchos hijos". Parecería un comentario gracioso sin importancia, pero tiene un tremendo trasfondo. Ahí les va otra historia: Una amiga tuvo un bebé a principios de este año. Todo la cuestión de permiso de ausencia se complicó a causa del nacimiento prematuro, y a pesar de que ella había calculado todo para tomarse unos días antes del parto y estar con él hasta que tuviera 3 meses cumplidos, las circunstancias quisieron que se viera obligada a dejarlo a los 42 días para regresar a trabajar. La decisión fue difícil a nivel emocional, pero a nivel práctico la solución era evidente: debía regresar a su oficina o ahí se terminaría su carrera. Ahora es mamá trabajadora, con la ventaja de que su horario laboral termina a las 3 p.m. y tiene la tarde para estar con su bebé. Muchas mujeres lo hacen inclusive saliendo a las 6 o 7, como yo lo hice un año. Sin embargo, son muy pocas las madres que llevan sus carreras hasta las últimas consecuencias, y no por decisión propia. Desgraciadamente el mercado laboral sigue siendo discriminatorio hacia las mujeres,y peor para las que son mamás. A las de nuestro género se nos ve como trabajadoras con complicaciones, y para que no quede en especulación mía, les dejo esta nota que lo confirma. Lo peor es que una vez que una mujer que es madre sale del mundo laboral (por la razón que sea), es muy difícil que se reintegre. En países del primer mundo no sólo dan de 6 meses a dos años de permiso por maternidad (entendiendo la importancia del asunto), sino que además le otorgan todas las facilidades necesarias a una madre trabajadora para que pueda seguir aportando lo mejor de ella tanto a la empresa en la que trabaja, como a su familia. Ni modo. Vivimos en un país que no apoya la necesidad (en el amplio sentido de la palabra) de trabajar de las mujeres, y las orilla a quedarse con una u otra opción. Ahí es donde debe salir a flote nuestra creatividad. Hay muchas maneras de trabajar que no son las tradicionales. Lo importante es no derrotarnos.

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Confieso que he pecado



Llevaba dos semanas de dieta perfecta, ni un pequeño permisito... me sentía muy bien, tanto que decidí que este fin de semana merecía una pequeña concesión. Y lo hice. Me comí (casi completo) un pastel soufflé de chocolate (muy parecido al de la foto)... ¡Uff, qué cosa más buena! Valió la pena, escogí muy bien con qué pecar (bueno, además de que tengo la teoría de que cuando uno se abstiene de los postres un tiempo, después saben mucho mejor), ¡pero ahora me siento muy culpable! ¿Por qué, por qué, por qué es tan difícil hacer dieta? La línea entre cuidarse y obsesionarse con lo que uno come es muy muy delgada, y por lo tanto resulta complejo mantenerse dentro de los estándares de la normalidad. Yo atribuyo a eso que muchas prefiramos traer un par de kilos demás que estar contando eternamente calorías. Siempre he dicho que estar a régimen es más complicado aún que dejar de fumar (cosa que hice hace más de dos años y sin sufrimiento alguno). Porque fumar no HAY QUE hacerlo. Comer sí. Además hay comida POR TODAS PARTES. Y cuando uno come, pues se le antojan las cosas ricas, no lo light, bajo en calorías, o integral. Aunque he de reconocer que después de un tiempo de comer "bien", uno sí se acostumbra a las opciones saludables. Sin embargo, los antojos son inclementes. Claro, ya sé: el ejercicio es la clave. Cuando uno lo hace, no hay necesidad de cuidar lo que se ingiere. Lamentablemente en este momento de mi vida, fuera de unas caminatas fungiendo como motor de una carriola, no tengo mucha oportunidad de realizarlo. Así que seguiré llevando cuenta de las calorías... y me olvidaré de los pasteles por al menos dos semanas más. Espero que mi pecadillo no tenga repercusiones en la báscula...

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¿Ocupación?


Últimamente, por distintas razones, he tendido que contestar esa pregunta. Desde que resolvía exámenes de química en la secundaria, nunca se me había dificultado tanto responder algo para obtener la reacción indicada. No sé qué es peor, si tratar de explicarlo en persona o cuando lleno una forma. En el momento que menciono que trabajo en casa, la gente asume que no hago nada. O que soy simplemente una ama de casa. ¡Caray! No me sorprende que el término políticamente correcto sea "jefa de hogar", pues está tan devaluado el concepto, que de alguna manera había que darle crédito. Sin embargo, a lo que me refiero no es nada más al trabajo doméstico que realizo en mi casa. Mis ocupaciones profesionales me resultan mucho más complicadas que antes, pues tuve que autodisciplinarme para tener el trabajo listo a tiempo (y he de decir que soy bastante cumplida). Podría inclusive decir que soy más productiva que en la oficina, lugar en el que el café, los compañeros, la hora de comer y las llamadas de teléfono roban mucho tiempo.
Debería existir un término que definiera a las mujeres que están en mi situación. La palabra freelance ni la entiende todo el mundo, ni hace justicia a la realidad. ¿Cómo sería?
Ocupación: mujer multifuncional.
Ocupación: profesionista de amplio espectro.
Ocuapción: comunicóloga con experiencia en varios campos.
No sé, no sé, lo que me queda claro es que habría que hacer algo, ya no quiero seguir titubeando a la hora de ser cuestionada en ese aspecto.

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Mi ropa de flaca


Si hay algo que me anima a no romper la dieta, es pensar en los jeans "de flaca" que me esperan en el fondo del clóset. No sólo poder lucir ESOS, sino también otros pantalones y blusas sin que se me salga la llantita por aquí y por allá, es mi meta. Yo creo que todas tenemos dividido nuestro ajuar en "ropa de gorda" y "ropa de flaca". Alguna vez estando en mi peso ideal, y harta de jugar al sube y baja con la báscula, regalé todas las prendas grandes jurando nunca volver a subir de peso.
JA.
Resultó muy mala idea, pues por supuesto que volví a engordar y no hay nada más deprimente que ir de compras porque con la ropa que tienes ya no te sientes cómoda. Además adquirir vestimenta que sabemos no corresponde a nuestra talla idónea, se siente como una humillación pero también como un desperdicio de dinero, pues la idea es dejar de usarla pronto (al menos en teoría)... El caso es que yo ya llevo un par de años usando sólo "ropa de gorda". Apenas había logrado bajar varios (ocho) kilos y empezaba a resurtir mi guardarropa cuando me enteré que iba a ser mamá. Entonces llegó a mi vida la estigmatizada ropa de embarazo (que la verdad no es tan mala, yo creo que sólo hay que usar la imaginación). Cuando por fin pasaron los nueve meses y dejé atrás 15 de los 20 kilos que subí, regresé a mis trapos de talla grande y ahora, año y medio después de haber dado a luz, ya me cansé de ellos.
Espero redescubrir muchos atuendos con los que me sentía cómoda, y es que a veces pasa tanto tiempo para volver a usarlos que hasta se nos olvida que estaban ahí. Pero de esos jeans, no me olvido... ¡son mi motivación!

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Ahora sí, estoy a dieta


Ayer empecé a ir con una nutrióloga. Ya una vez lo hice así, y se puede decir que "aprendí a comer", pero por más que yo sepa qué está permitido y qué no, yo sola no me porto bien. No sé si será la pena de que me pese alguien más y no haber bajado. Quizás también es el "dolor de bolsillo" por pagar y no ver resultados, pero la verdad es que sólo así me funciona.
Y no estoy lamentándome por haberme comprometido a empezar un régimen alimenticio, la verdad es que estoy emocionada. Creo que el haber ido a la primera consulta es ya un GRAN primer paso, porque la verdad es que no es fácil decidirse. Además el plan que me mandó me parece amable, me permite comer más de un par de carbohidratos al día y nueces y semillas varias como colación (además de las zanahorias, que son un poco aburridas). Eso me pareció de lo más interesante, porque es una dieta que nunca he probado pero además es personalizada, pues antes me realizaron una calorimetría. Es una prueba un poco incómoda porque te ponen una pinza en la nariz (no duele, pero sí es un poco angustiante), para respirar por la boca en un tubo de plástico. Así miden el metabolismo de una persona, y determinan cuántas calorías necesita en su dieta para bajar de peso. También con ese procedimiento pueden saber qué cantidad de carbohidratos, grasas y proteínas requiere una persona en su dieta diara.
En fin, ya les contaré cómo me va con mi dieta, la meta son 6 kilos, si se pudieran 7 sería fabuloso... pero ya me dijo la dra. que el último sería dificilísimo... ya veremos.Por lo pronto, lo primero que tengo prohibidísimo es comerme las sobras de mi hijo. Parece increíble, pero eso podría ser un factor altamente responsable de mis kilitos de más. Bueno, claro, eso y la falta de ejercicio constante, pero también ya estoy trabajando en eso. Aunque sea repartidos durante el día, haré de 30 a 40 minutos de actividad física. Sigo reportando...

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Ayer no me bañé


No fue porque no quisiera, sino porque se descompuso mi calentador. Y sin agua caliente, simplemente no puedo. Es algo mayor a mis fuerzas. Bueno, lo haría si no me quedara opción, pero ayer no tenía que ir a ningún lado, así que no expuse a nadie a mi sacrilegio.
Cuando vivía sola, varias veces me olvidé de pagar el gas, y antes de ir a la oficina tuve que tomar regaderazos gélidos. De esos que uno tirita hasta 10 minutos después de cerrarle a la llave. Creo que es desde ahí que empezó mi fobia a las duchas con agua helada. Porque no es simplemente que no esté caliente. No. Si no pasa por el "boiler", el agua sale como si fuera de hielo derretido y es una tortura digna de la Inquisición.
El simple hecho de pensarlo hace que me den ganas de llorar. Pero esta vez, gracias a que no tenía que salir de casa, me salvé. Todo empezó el lunes, cuando me metí a bañar. El agua no salió precisamente fría, pero tampoco caliente. A mi marido le tocó ya francamente glacial. (Qué bueno que siempre me baño antes que él, jeje). Como no podía ser falta de gas, pues nuestro calentador es eléctrico, revisamos el mismo y nos dimos cuenta que la clavija se había quemado. Llamamos al conserje, el cual vino a las ONCE DE LA NOCHE y dijo que necesitaba una pieza para repararlo, por lo cual tendría que regresar al día siguiente. Pero como por supuesto nunca tuvo la intención de venir a las 7 de la mañana, mi esposo se tuvo que bañar "a jicarazos" y yo de plano me abstuve, con la esperanza de que podría usar la regadera en cuanto arreglaran el aparato. Sin embargo, el confiable pero trasnochado conserje regresó veinticuatro horas después de su primera visita. Y fue por eso que ayer tuve que prescindir de mi chapuzón diario. Mi hijo no sufrió el desperfecto en absoluto. Como su tinita se llena con poca agua, fue fácil calentarla en la estufa.
Bueno, pues ahí está, la confesión. Creí que me costaría más trabajo, pero al menos ya dejé claro que no fue por elección... A cualquiera le puede pasar, ¿no?

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LUNES


Tengo clarísimo que a nadie le simpatiza el lunes. Yo lo desprecio con toda mi alma. Nos quita la ilusión de ser libres que nos da el fin de semana. Nos recuerda que tenemos responsabilidades ineludibles. Hace que regresemos al estrés de la vida cotidiana. Lo curioso es que sé que hay a quien le molesta más el martes que el lunes. Argumentan que el lunes por lo menos tiene fresco el recuerdo de la diversión, del descanso, pero que ya en el segundo día de la semana, ese aroma de libre albedrío está muy lejos hacia atrás y hacia adelante. Yo creo que el martes por lo menos ya llevamos un pequeño tramo recorrido de la tortura que representa la semana laboral. Este tema es un típico caso de "vaso medio lleno o vaso medio vacío". Supongo que entonces los que prefieren el martes son personas que tienden al pesimismo. En cuanto al miércoles, no hay discusión, es el grato recordatorio de que ya vamos a la mitad. El jueves es el nuevo viernes, y de este, ya lo dijo Lucerito, amerita agradecerle a Dios que haya llegado. El sábado es por unanimidad el día preferido de cualquiera, y el domingo, aunque en esencia podría ser un día igual de disfrutable que el sábado, está opacado por la sombra de el implacable lunes. En fin, para casi todo el mundo, el lunes representa el inicio de la semana. Pero resulta que en portugués el lunes se llama "Segunda"... Los días en portugués van como sigue: Segunda, terça, quarta, quinta, sexta, sábado e domingo... ¿Se dan cuenta? ¡No hay "Primera"! ¡Me parece muy inteligente, si no se menciona el inicio de la semana, es casi como si no existiera. O como si se iniciara en domingo, entonces en lugar de estar desperdiciando el último día de descanso en lamentarse que hay que volver a empezar. Crear una ilusión lingüistica de que ya se hubiera iniciado la semana, con el plus de que todavía no hay que ir a trabajar. Creo que de hecho esa es la idea también en la semana litúrgica de la tradición cristiana, lo malo es que se nos olvida. Por eso la palabrita ayuda... De ahora en adelante, para hacerlo más agradable, llamemos Segunda al lunes.


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Manifiesto contra los zapatos de tacón


Ayer tuve otra reunión de trabajo, y otra vez se me hizo tarde. Vaya, se me está volviendo costumbre, con lo que me molesta la impuntualidad. Sin embargo esta vez no fue un desperfecto mecánico, ni siquiera fue el tráfico el que hizo que me retrasara. Llegué a tiempo al lugar al que iba, el cual desgraciadamente no era el mismo en el que me esperaban. ¿Cómo es eso? Pues que no se me ocurrió preguntar en dónde estaban las oficinas, di por sentado que lo sabía, lo "corroboré" en internet, y al llegar... otra empresa ocupaba el inmueble. Total que llamé, me dieron la nueva dirección y 20 minutos después el taxista me estaba dejando en la esquina del lugar correcto. Lo malo fue que ese edificio no estaba numerado, y yo iba ya tan preocupada que corrí calle abajo y luego calle arriba hasta dar con el sitio indicado. Saliendo de mi cita me di cuenta que me lastimaba un dedo del pie. Claro, una pequeña ampolla fue el resultado de tanto vaivén en esos zapatos de plataforma. Y eso que los compré sintiendo que eran los tacones más cómodos que me hubiera puesto en mi vida. Alguna vez escuché una teoría que decía que los zapatos de tacón alto los habían inventado los hombres para hacer menos hábiles a las mujeres. A mí me suena muy lógico. ¿Por qué alguien usaría alto tan incómodo? Supuestamente nos vuelven más gráciles, estilizan la figura... pero yo rara vez he visto a una mujer que sepa caminar bien sobre ellos. En mis años mozos (que no fue hace mucho, digamos, unos 5 años) y por los eventos a los que debía asistir por mi trabajo, me di a la tarea de dominarlos. Sobra decir que nunca lo logré. Recuerdo un día llegar a mi departamento casi llorando del dolor de pies. En el pasillo me descalcé y apenás crucé el umbral de la puerta, aventé lejos esos divinos tacones de aguja con el frente moteado, los cuales POR SUPUESTO nunca he vuelto a usar. Otra vez estando embarazada casi me caigo en una escalera por querer presumir de seguir siendo muy arregladita a pesar de mi estado. Entonces, no uso este tipo de calzado por tres sencillas razones. Porque con ellos me siento vulnerable a una caída, porque lastiman y porque con ellos no puedo correr. Creo que la única ocasión en donde se justifican son aquellas en las que no se va a caminar más que unos cuantos pasos, o sea, para ir a cenar o para ir a una reunión en la cual hay donde sentarse. Sin embargo, hay veces que me siento un poco obligada a usarlos, como ayer. Es como si presentarse en flats atentara contra el protocolo. No entiendo por qué la sociedad es tan injusta con los zapatos de piso, si son tan lindos...

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Los trastes sucios son como gremlins mojados




¡Se reproducen de manera incontrolable! Y si dejas que se queden ahí más de una noche, se vuelven monstruos de los cuales es difícil deshacerse. Lo peor es cuando empiezan a salirse de la tarja. Díganme si esto no es una imagen digna de una película de terror. Entrar a la cocina y ver semejante panorama es casi casi como encontrarse con este sujeto en el fregadero. Hay una solución, pero de una vez les digo que no les va a gustar. Cansada de encontrarme con un montón de platos cochambrosos cada que volteaba a ver el lavadero, luché meses en contra de ellos, y descubrí que la única manera de evitarlo es lavarlos conforme se enmugran. Al terminar de usar un vaso, mientras se van desocupando los utensilios con los que se cocina, terminando de comer, ANTES de manchar algo más... en resumen, lavarlos TODO el tiempo. Ante tal perspectiva, dan ganas de usar desechables toda la vida (sólo como fantasía, porque no son elegantes, ecológicos, ni baratos). O de hacer lo que la compañera del poster. Comparto esto porque ha sido mi peor batalla en el terreno doméstico. En una ocasión una amiga me repitió un consejo que le dio su hermana: "Si no los vas a lavar inmediatamente, échales agua". Yo no estaría tan segura, ¿qué tal que pasa lo que con los gremlins?

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