Mostrando entradas con la etiqueta cocina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cocina. Mostrar todas las entradas

Mente de principiante



La primera vez que preparé un arroz no tenía idea cómo hacerlo. Pregunté, me dí a la tarea, cuidé los detalles y obtuve un resultado aceptable. Mis intentos subsecuentes han sido todos y cada uno de ellos un desastre. Le he dado vueltas al asunto y después de repasar medidas, condiciones y características de los recipientes, he llegado a la conclusión que mi problema fue mi actitud, creer que ya sabía. Estar convencida de que era muy sencillo y que ya dominaba el procedimiento y ¿saben qué? Ni la abuelita más experimentada, ni el mejor cheff del mundo puede darse el lujo de esa postura porque la cocina (como la vida) es tan caprichosa que siempre da sorpresas.
Ayer me presentaron este concepto, que en el Budismo Zen se llama Shoshin. Se refiere al ideal de mantener siempre la emoción por el inicio de algo, e implica sinceridad, modestia, humildad, franqueza, paciencia y sacrificio. Lograr y mantener esta disposición es muy difícil, pero a cambio se pueden obtener tantas posibilidades como las que ofrecería el viaje en el tiempo, pues para quien lo practica, cada oportunidad representa un nuevo comienzo.
Así que ahora tengo ganas de imprimir la representación caligráfica de esta idea para tenerla en mi mesa de noche, y verla al despertar y antes de dormir para nunca olvidarla, para iniciar cada actividad y todo nuevo día con la actitud de un niño que está descubriendo el mundo. No está demás para cualquiera, pero para mí que soy una impaciente por naturaleza, me parece casi tan necesaria como si fuera una prescripción médica.



Read Comments

A pedir de boca


Nunca fui dueña de uno de esos hornitos mágicos - de fabuloso diseño cincuentero- tan representativos de nuestra generación. Siempre me parecieron demasiado naive, inclusive para una niña de 7 u ocho años. Además creo recordar que en alguna ocasión probé uno de esos pasteles que supuestamente llegaban a su punto de cocción gracias al foquito de 30 watts que se encontraba en su interior. Obviamente esa fue la razón principal para que yo no anhelara poseer uno de esos juguetes. ¿Para qué iba a querer un aparato que producía bizcochos tan poco apetitosos? Cuando yo me puse a hornear fue en serio. Tendría 10 u 11 años y pasaba las tardes de viernes haciendo galletas que generalmente quedaban duras como piedras. Solamente mis hermanos menores eran lo suficientemente golosos y temerarios para arriesgar su dentadura a cambio de un bocado que además generalmente resultaba empalagosísimo. También preparaba pasteles, e inclusive tomé un curso en el que aprendí a hacer chocolates. Esos sí que me quedaban buenos.
Los años pasaron, y la falsa idea de que sería profesionista de tiempo completo eternamente me fue alejando de las estufas. Sin embargo, a partir de este tremendo cambio de vida por el que he pasado en los últimos meses, he descubierto lo que es la pasión por la cocina. Me he quitado manías (como la de no poder manipular carne cruda) e ideas absurdas (como que ciertas preparaciones, como la del arroz, están reservadas solo para las expertas) y me he lanzado de lleno a aprender las recetas de la familia materna. Siempre juré que éstas terminarían por perderse, pues no sería yo (la única mujer sobreviviente de mi familia) la que se diera a la tarea de recopilarlas y practicarlas hasta el punto de perfeccionarlas. Si llegaré a igualar a mi nana y a mis ancestras, se sabrá acaso dentro de un lustro sino es que una década. Por lo pronto la familia ya tiene una esperanza más (aparte de mi hermano que también se ha puesto a cocinar) de que la tradición no se pierda.
Lo que todavía no logro es manejar la frustración de que un platillo no quede "como debería" después de tanto trabajo e ilusión invertidos. Ahora sé lo que se siente querer tirar a la basura un guiso con todo y recipiente. Los que saben de estos menesteres me han consolado diciendo que este sentimiento es absolutamente normal y que, no importa cuánto mejore, nunca quedaré del todo satisfecha. Vaya panorama. Lo bueno es que siempre habrá un deli o un take out para sacarnos del apuro, pero el sueño de cualquier cocinera que se precie de serlo es que todo quede a pedir de boca.

Read Comments

Más bonita que ninguna





No es ningún secreto que el interiorismo y el diseño me apasionan, y que en mis limitadas posibilidades he elegido objetos que me encanta usar y admirar. Lo increíble es que la gente que ha visitado la casa ha elogiado un elemento en particular, y no se trata de un mueble, ni de un accesorio, sino de un electrodoméstico. Así como lo leen, mi batidora ha por demás alabada por encima de cualquier otro componente de este hogar.
No digo que no lo entienda. A los que nos gusta la cocina (expertos o amateurs como yo), sabemos que vale la pena invertir en un buen aparato que tenga múltiples funciones, dure muchos años y, de paso, adorne la cocina. Lo que me parece notable es que un artilugio como éste se haya convertido en el objeto de deseo de las señoras de hoy en día (aunque debo acotar que no fueron exclusivamente mujeres quienes ensalzaron dicho aparato) por encima de muchas otras cosas. ¿No se suponía que a las mujeres nunca se les debía regalar cosas para trabajar en el hogar? Pues yo creo que hoy hablo por la mayoría de nosotras cuando digo que, si se trata de instrumentos de este tipo, nos puede gustar mucho más que una bolsa o un par de botas. ¿O no?

Read Comments

Romper un huevo



Hay algo catártico en el acto de quebrar el cascarón de un huevo. Quizás sea una percepción personal, pero al preparar cualquier platillo que incluya este ingrediente, considero por demás disfrutable el instante del "crack".

En una sociedad en donde impera el "no tocar", jamás está bien visto resquebrajar objetos. Eso se le deja a la gente que está fuera de sí, aunque ahora se me ocurre (no sé si exista ya) que podría ser una buena forma de terapia de desahogo. Por eso, cuando resulta necesario fracturar la estructura de un blanquillo, se experimenta un poco el sentimiento de liberación. Algo así como el palpable gozo de reventar las capsulitas del papel burbuja.

El efecto placentero aparte, pareciera que existe todo un arte alrededor de esta acción. Quien carece de experiencia, no logrará fraccionar el cascarón sin desbaratarlo en varios pedazos inasibles. Los mejores chefs hacen alarde de conseguir abrir el huevo, verter su contenido y tirar su "envoltura" utilizando una sola mano. Cuando las cáscaras se utilizarán para decorarlos y rellenarlos en Pascua, sólo se debe hacer una pequeña abertura por el extremo superior. No sé cómo se logre eso, pero por lo pronto lo que sí les puedo compartir son estos cinco pasos que encontré para romper un huevo exitosamente.

1-Toma el huevo con la mano que seas más hábil

2-Sujétalo entre el pulgar y los dedos índice y medio

3-Golpea el huevo suavemente pero de manera firme contra una superficie dura y no contra el borde de un recipiente, lo cual puede incrustar las partículas del cascarón dentro del huevo.

4-Si el huevo no se partió completamente, separa las partes haciendo presión hacia afuera con los pulgares

5-Vacia el contenido acercando el huevo al traste, no desde lo alto para evitar que se rompa la yema.

Read Comments