El viejo

Ayer mientras regresaba de Veracruz por carretera me llamó la atención que a un lado del camino aledaño a una población, unos niños agitaban un bote pidiendo dinero. Gritaban, "¡Es para el viejito!"
La inminente pregunta de a qué viejito se referían fue contestada al ver unos metros más adelante un muñeco de trapo cuyo rostro era una máscara de persona mayor. Me imaginé que se trataba de algún tipo de ritual para despedir el año que agoniza, y hace un momento me di a la tarea de investigarlo. Resulta que todo viene como resultado de una protesta social de finales del Siglo XIX y que en efecto es una tradición de fin de año. Con el paso de los años la práctica se ha modificado, en algunos lugares lo queman y a veces hasta le ponen la cara de alguna persona (a veces la del presidente o gobernador), letreros o símbolos de otro tipo. Sin duda, esta costumbre representa una gran manera de hacer catarsis.
Me gusta creer en los ritos, hacer pequeñas ceremonias. La tradición generalizada es la de las uvas. También hay que saca las maletas y sale y entra de casa corriendo mientras suenan las doce campanadas. Durante muchos de mis años de adolescente y mientras estuvimos solteras, practiqué año con año el intercambio de chones rojos (nuevos, por supuesto) con mis mejores amigas. Eso terminó hace ya mucho tiempo, pues ya todas estamos más que emparejadas. Un 31 de diciembre tuve la ocurrencia de regalar 13 monedas de chocolate a mis familiares cercanos. Al año siguiente mi hermano y su esposa me dijeron que gracias a mi regalo les había ido muy bien económicamente. Nadie más me comentó algo similiar, pero que ellos lo hayan percibido de esa manera me pareceió mágico. Por eso, aunque sea sutilmente, seguiré intentando atraer fuerzas positivas. Si les parece que les fue muy mal este año, hagan una quema simbólica. Pónganle la cara que quieran, diviértanse un poco con sus infortunios y no se olviden de agradecer lo bueno que les haya dejado el 2010. Al final al viejo esta noche lo hacen ceniza y nosotros, bien que mal, aquí seguiremos. ¡Feliz año viejo!

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¡Felices fiestas!



Estaba con que si escribía un mail, que si ponía algo en Facebook. La cuestión es que no quería dejar de mandar buenos deseos y de pronto me di cuenta que el mejor medio para ello era este blog. A pesar de que la Navidad es una celebración religiosa y muchos de nosotros no lo seamos, lo bonito de todo esto es que se retoma el espíritu de bondad y recogimiento, y que se aprovechan estas fechas para ver a la gente que más queremos. Y es que además coincide con el fin de año, que aunque mucha gente se empeñe en hacerlo el recuento de los daños, representa toda una oportunidad para agradecer todo lo que se tuvo y mantuvo, para enlistar y volver a disfrutar los logros y las alegrías. Así que Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo, como suele decirse, pero sobretodo les deseo que su ser se llene de paz y alegría.

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La invasión de los papelitos


A donde voltee, ahí están. En la barra de la cocina, dentro de mi bolsa, sobre el buró, en mi coche. Siempre hay al menos uno de ellos, aunque la mayoría de las veces aparecen en pares. Pareciera que es imposible deshacerse de todos de una vez por todas. Y es que no importa cuántos tire, al rato ya tendré al menos tres más. La mayoría son tickets del súper, mi segunda hogar, pero los hay de todo tipo: notitas, listas del súper... y claro, también los hay en formato grande y de varias páginas, como estados de cuenta de teléfono, de los teléfonos celulares, del servicio de televisión de paga, del gas, del agua, de la luz, de la tarjeta de crédito, recibos de la escuela de mi hijo, copias de recibos de honorarios ... y yo no sé por qué antes con meter todo en un cajón me era suficiente y ya no. Ahora tengo varias cajas subclasificadas en fólders y ni así logro encontrar nada cuando lo necesito. Hasta los gatos tienen sus documentos (sus carnets de vacunación, pues) y es en este escenario que no dejo de desear que todo un día sea paperless. Sin embargo, el papel nos da una sensación de seguridad, distinta. No sé, quizás tenga que ver con aquello de "papelito habla" o que la intangibilidad de los archivos digitales nos pone nerviosos, pero el caso es que nos seguimos llenando de papeles. Sin temor a equivocarme puedo asegurar que los más molestos son los chiquitos, esos que se pierden todo el tiempo y que tienen o podrían tener información reelevante. Los vouchers de compras hechas con tarjeta de crédito son especialmente irritantes y en un arranque de radicalidad he optado por tirarlos a la basura en cuanto llego a casa (a menos que se trate de importes fuertes). Con este tema dándome vueltas a la cabeza encontré este artículo de cómo volverse paperless pero, ¿cómo se supone que uno encuentre tiempo de ponerse a escanear todo si hay días que ni la cama me da tiempo de tender? Podría ponerme romántica y decir que si se va a matar un árbol, que sea para algo que valga la pena. Vaya, algo como imprimir una foto, diseñar una tarjeta postal o fabricar papelería personalizada para que la correspondencia y las buena costumbre de escribir una nota en ocasiones especiales no muera. Sin embargo creo que el día en el que nos libremos de los papelitos está lejano, así que nos queda más que irnos organizando y deshaciéndonos de los que van apareciendo sobre la marcha.

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Navidad à la Dadá!



Si bien el año pasado no estaba segura si en mi casa habría un arbolito, este año el espíritu me llegó desde inicios de Noviembre y me dediqué a buscar adornos lindos y baratos para decorar toda mi casa. Creo que hice buenas compras, me surtí bien con motivos que podré combinar de distintas maneras durante varios años y, lo mejor de todo, no gasté tanto. Y es que las únicas dos series de luces y la cajita de mini esferas con las que formé en la pared una instalación en forma de arbolito el diciembre pasado, no me iban a rendir para nada.

Mi propuesta Navideña está basada un 80% en esferas, un 15% en representaciones abstractas de copos de nieve y el 5% en figuras varias, entre ellas esferas que emulan bolas disco, una tendencia muy divertida que descubrí este año. Debo aclarar que mi cámara y mis dotes de "fotógrafa" no le hacen justicia a cómo lucen en vivo mis creaciones, pero espero que con esto se puedan dar una idea de todo lo que se puede hacer con sólo esferas (y aprovechando paredes vacías, es lo bueno de todavía no tener tantos cuadros). Aquí les dejo las imágenes (y es que no podría preciarme de ser toda una señora si no les presumo mi arbolito).







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¿Adicta al internet?


Ando de desprendida, sí. Es sólo que quiero corroborar que puedo vivir sin muchas cosas que antes consideré musts. Llámenme hippie, o budista de pacotilla, el caso es que estoy experimentando. Si la Great American Apparel Diet no fuera suficiente para ponerme a prueba, decidí vivir en carne propia el experimento que realizó una univeridad estadounidense. El punto era dejar de usar las redes sociales una semana para darse cuenta qué tanta dependencia tiene uno a la llamada tecnología social. Al Messenger, sin el cual no podía vivir cuando trabajaba en una oficina, ya lo tengo bastante olvidado. Mi duda era cómo me sentiría sin Facebook y Twitter, porque en algún punto me di cuenta que estaba bastante apegada a esas aplicaciones.
Todo empezó un día que leí un tweet. Decía algo así como "¿Adicto al internet? Si estás leyendo esto en un viernes por la noche, estamos hablando de ti". Y sí, era viernes por la noche. No es que me encontrara sentada frente a la computadora, pero al final estaba metida en el Twitter en lugar de estar viendo la película que habíamos puesto.
Aunque siempre me ha encantado pasar horas en el ciberespacio, desde que soy ama de casa slash profesionista independiente, siento una creciente necesidad de estar conectada con el mundo exterior. Y es que mi vida laboral es bastante solitaria y la social se reduce a marchantes, fellow housewives y familiares. Antes trabajaba en un enorme corporativo rodeada de gente de distintas profesiones, con la que intercambiaba información, recibía boletines de prensa. Ahora, si no fuera por Internet, mi mejor fuente sería el radio y los comentarios de otras amas de casa acerca de cómo ha subido el jitomate (y no que eso sea irrelevante, porque es indicativo de la inflación).
Total que lo hice. Dejé de entrar a Twitter y a Facebook de la noche del domingo 7 de noviembre a la mañana del lunes 15 del mismo mes. Ya había prescindido de dichos sitios aún por más tiempo estando de viaje, sin embargo la experiencia cambia mucho cuando se hace en una rutina normal. Las siguientes son mis impresiones:

- El Twitter no lo extrañé mas que para invitar a mis followers a leer mis posts.
- Todo lo que subieron mis contactos a Facebook durante siete días, lo vi en 10 minutos.
- Me ahorré un montón de status irrelevantes como "Tengo sueño" o "Tengo hambre" y dejé de leer opiniones que luego sólo me crean animadversión hacia gente que generalmente me cae bien.
- Noté cierta ansiedad en mi estado de ánimo general como aquella que dicen que se presenta con el síndrome de la abstintencia, pero nada preocupante.
- Retomé mi obsesión con el Blue Block, un jueguito que sirve para fomentar la inteligencia espacial.
- No tuve ninguna prisa en retomar las redes sociales. De hecho me sentía renuente a regresar, como quien ha hecho la dieta de Atkins y le da terror volver a comer una fruta.

Para que se den una idea de cuán revelador fue este reto, llegué a la conclusión que quizás no es necesario pagar un plan de datos ilimitados en mi móvil. Al final puedo revisar mi correo dos o tres veces al día, usar el Twitter una o dos veces a lo largo de la jornada y el Facebook una vez a la semana. Lo único que me hace reconsiderar dicha medida tan radical es el WhatsApp (para no tener que pagar un plan de sms) y sobretodo el Google Maps. Pero por lo pronto mis hábitos de redes sociales sí se vieron modificado y eso me encanta. Esto es mucho menos radical que mi dieta de compras, y recientemente me enteré que en hay instituciones en las que llaman a esta práctica "Siestas digitales" y sirven para evitar addicciones al internet. Interesante, ¿no?

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Los primeros 10 días


Mucha gente sugirió que seguramente me iría de compras de pánico antes de empezar. Que trataría de abastecerme con lo que considerara necesario para lograr la abstinencia de un año. La verdad es que la "trampa" no iba por ahí. Si algo he aprendido en mi carrera de compradora experta es que pretender obtener un gran guardarropa en una sola oportunidad, jamás igualará la exquisita selección que una puede llegar a tener al andar de scouting por las tiendas todo el tiempo. Así que eso ni siquiera lo intenté. Sólo fui a comprar una última prenda para usar el día de mi cumpleaños (y AHÍ es donde está el truco). Decidí empezar precisamente dos días antes de mi onomástico porque sabía que recibiría regalos y que esa sería mi provisión para tomar fuerzas. Además podré volver a estrenar en mi próximo aniversario de nacimiento. Total que me obsequiaron un vestido divino, una blusa preciosa, una pijama coquetísima, unos hermosos lentes de sol y unas espectaculares gafas. Esas son mis armas para enfrentar los doce meses que tengo por delante. Por ello aún no siento ninguna ansiedad por consumir artículos de moda, aunque tengo claro que tengo que mantenerme lejos de las tiendas. Revisar mi guardarropa es otra tarea pendiente, pero la más importante es bajar esos kilitos que no me permiten usar atuendos que ya poseo y que me encantan. Sigo reportando.

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Las reglas


1. No compraré ropa hasta el 12 de Septiembre de 2011
2. En el criterio entran también zapatos, accesorios tales como bolsas, cinturones, broches, diademas, mascadas, etc. Es decir, cualquier cosa que me pueda poner o colgar en el cuerpo.
3. Los regalos no entran en la restricción.
4. Me es permitido hacerle arreglos a las prendas que ya tengo.

¿Sugerencias para hacerlo más interesante?

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El reto




El 11 de septiembre de este año (nótese el dramatismo hasta en la elección de la fecha) empecé lo que yo he llamado "EL - las mayúsculas son intencionales- reto de mi vida". En Estados Unidos de Norteamérica es conocida como The Great American Apparel Diet y vi la nota en Twitter. La combinación de palabras me hizo sospechar que se trataba de lo que después confirmaría. En septiembre del año pasado, un grupo de mujeres empezó este desafío que consiste en no comprar ropa durante todo un año. Es decir, ponerse a dieta de compras. Hasta donde sé, las motivaciones son diversas: económicas (para ahorrar), ecológicas (para disminuir su huella de carbono), espirituales (para liberarse de lo material). En mi caso aplican las tres razones (siendo la ecológica la que menos me quita el sueño, aunque aquello de la acumulación de cosas inútiles tiene mucho que ver y eso sí que me aterra), pero sobretodo es una necesidad de demostrar que puedo hacerlo. Sé muy bien que nunca hay que aferrarse a probar nada, pero en verdad esta "manda" que me autoimpuse me resulta imperativa. Últimamente he analizado mis hábitos de consumo y gasto demasiado en mí, lo hago de manera inconsciente (creo que califico como una shopaholic) y (aquí entra la enseñanza budista) no importa cuántas prendas adquiera, nunca serán suficientes. Tengo muchos trapos, hay un porcentaje importante de los mismos que nunca uso y, como dijo mi sabio padre "Un año se pasa muy rápido y qué ponerte no te va a faltar". Las reacciones de la gente a mi alrededor han representado también un empujón importante. "No vas a poder", "¡Qué valiente, yo nunca podría!" y "Eso no tiene ningún mérito" son algunos de los comentarios que me confirman que es algo que vale la pena intentar hasta sus últimas consecuencias. Así que, como puse en Twitter, si me ven muy fodonga en 6 meses, ya saben por qué es. Yo quiero pensar que, lo único que puede pasar es que me vuelva más creativa a la hora de vestir y que, en el peor de los casos, tenga que pedir prestado un vestido para ir a una boda. Pero eso, ya lo veremos...

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La guía de la buena esposa

Échenle un ojo y me dicen qué opinan.

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Los que Dios te mande



Hace poco más de una semana mi papá me regaló un librito. No era de poesía, ni de cuento, tampoco una novela. Si hubiera querido complacerme pudo obsequiarme alguno de los textos emblemáticos del Budismo o una bella edición de arquitectura, pero se trataba nada más y nada menos que de una selección de intitulada: Nombres para el bebé. El acto, que en otro momento me hubiera parecido inconcebible, no me sorprendió. A pesar de que mi padre fue el más reacio de los tres abuelos de mi niño en convertirse en la imagen de un adulto mayor al que un mocoso hace como quiere, la verdad es que no puede disimular que a él también se le cae la baba con su nieto. Y mi adorado y por demás directo progenitor sólo hizo evidente lo que todo el mundo está esperando, porque supuestamente es lo sigue: un hermanito para Quim. (Y no me hubiera sorprendido que el compilado se compusiese exclusivamente de nombres para niña, que es la segunda ansiosa expectativa de todos los miembros de ambas familias).
No puedo culpar a ninguna de las cientos de personas (incluidos familiares, amigos, amigos de los familiares, amigos de los amigos, vecinos, maestras, conocidos y desconocidos) que nos han hecho la indiscreta pregunta "¿Y el otro, para cuándo?". Mi hijo ya está bastante cerca de los 3 años, y la mayoría de los niños a su edad ya tienen un hermanito. Todo el mundo dice que lo mejor es tener uno tras otro, respetando apenas el periodo de lactancia del primero, pero yo no sé cómo lo logran. Nosotros (en este caso excepcional me atrevo a hablar por mi marido también), por múltiples razones, hasta ahora consideramos que ya es tiempo de pensar en el siguiente bebé. Y en cuanto la gente adivina nuestras intenciones, aparecen otra vez las miles de preguntas: ¿y por qué otro? ¿para cuándo? ¿sería el último o quieren otro más? ¿otra vez se esperarían tanto? ¿y si tienen otro niño, no se animan a buscar a la niña? ______ (llena el espacio con la pregunta que quiera, seguramente ha sido formulada o será hecha en el futuro).
Para mí la situación que se propicia cuando uno habla de tener hijos es tan absurda como la infinidad de investigaciones que se realizan al respecto, algunas de las cuales estuve leyendo en línea. Existen aquellas que quieren encontrar una relación proporcional de la cantidad de hijos que una pesona o pareja tiene con los niveles de felicidad a la que puede aspirar la misma; las que infieren que, después de que tienes uno, más te vale tener todos los que se te antojen porque entre más, mejor (y también porque, de todos modos, habiendo tenido uno ya te cambió la vida); los que aseguran que tener hijos no te hará más feliz, sino todo lo contrario; los que hablan de lo poco eco friendly que es tener uno o más niños; los que advierten los terribles riesgos del síndrome del hijo único; los que niegan la existencia del mismo; etc., etc., etc. ad nauseam. La verdad es que todo esto me parecen patrañas, y si hay algo cierto que se puede concluir de todo lo anterior es que pensar en tanto factor sólo refleja nuestro egocentrismo: creemos que podemos controlar todas las situaciones, inclusive la de la procreación, cuando no hay algo más azaroso y divino (en toda la extensión de la palabra) que la concepción de un bebé. Sí, claro, hay quienes lo logran y tienen los que quieren, cuando los quieren y hasta del sexo que los querían. Sin embargo también existen millones de historias de los que no querían hijos y tienen uno o varios; de los que querían al menos uno y no pudieron; de los que querían, no podían, adoptaron y luego lograron embarazarse; de los que querían cinco y sólo pudieron tener uno; de los que sólo querían dos y tuvieron cinco; de los que querían tres y después del segundo decidieron "cerrar definitivamente la fábrica"; de los que no sabían ni lo que querían y tuvieron uno por casualidad en edades que ya no se suponen propicias para la reproducción; de los que después de que obtuvieron la parejita con la que soñaban, se intervinieron quirúrgicamente y de todos modos recibieron la visita de la cigüeña tiempo después; y así, agreguen la combinación de factores que más les guste o la historia más peculiar que conozcan. La realidad es que uno puede planear todo lo que quiera, pero al final no hay nada más cierto que se tienen los que Dios (o el destino, o como quieran llamarle) nos manda. Y querer hacer responsables a nuestros hijos (nacidos o potenciales) de nuestra plenitud o desgracia, de cargos de conciencia varios, de preocupaciones económicas o sociales o de la destrucción del planeta, es por demás absurdo y poco zen (siendo el Zen por antonomasia la tradición budista de la intuición y la espontaneidad). Uno tiene hijos cuando le toca y porque quiere y/o puede y ya, ¿no les parece lo único que se puede deducir después de todo lo anterior? Así que al final el regalo de mi padre (que tuvo seis hijos y a sus 77 años tiene un solo nieto) puede llegar a ser útil pronto, en varios años más, en una o varias ocasiones, o podría quedarse eternamente guardado en un cajón, pero eso no lo podemos saber ni planear. De todos modos se lo agradezco mucho porque si llego a tener otro varón, vaya que lo voy a necesitar.

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Disfrutando de las vacaciones



Yo era una madre que solía alucinar las vacaciones escolares, pero hoy desperté dando gracias de que por quinto día consecutivo no he tenido que brincar de la cama a la ducha a las 6,30 a.m. Por supuesto no es una cuestión de "cambio de actitud" y ya. Seis meses después de la mudanza por fin siento que ya estoy más organizada en la casa, y que en este momento tenga un poco menos trabajo que de costumbre ayuda muchísimo; la edad de Quim también tiene que ver, y por supuesto que sean sólo dos semanas las que tenemos por delante hace que se quieran aprovechar hasta el final. Por fin soy una de esas señoras que van por la calle con su bebé en relativo control de la situación. Por primera vez desde que soy madre (y aunque sea por este cortísimo periodo) no tengo que salir apresuradamente por la mañana, ni sufro por tener que trabajar en cualquiera de mis proyectos o en la casa más mientras procuro que se divierta y cuido de su integridad; no tengo necesidad de "encargarlo" con alguien para cumplir con compromisos laborales y tampoco lucho porque se vaya a dormir temprano o porque desayune antes de salir de la casa. Dejo que cada día fluya como tenga que hacerlo mientras realizo todo tipo de actividades en compañía de mi chiquito. Aunque mi espalda es la que más lo resiente, ya comparto con otras madres el gozo al escuchar la última campana de la 1 o 2 de la tarde del último viernes del ciclo escolar. Ahora que estas terminen habrá que esperar hasta diciembre, la buena noticia es que para eso no falta tanto.

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Yo quería un Mini Cooper



Me gusta pensar que mi vehículo es un Jeep y no una camioneta de señora, pero la verdad es que tiene más de mamá van que de furgón para emprender una aventura todoterreno. En apariencia es bastante relajada, vaya, no es una de estas de tres hileras para nueve pasajeros; pero todo es asomarse un poquito para darse cuenta que esas cuatro ruedas transportan a una madre de familia y todo lo que la misma lleva a cuestas.

Yo no quería una SUV, yo soñaba con uno de esos coches que son tan chiquitos que llevan el adjetivo en el nombre. Uno de esos automóviles que hacen ver joven a cualquiera que lo conduzca. Desde que supe de la existencia de esas monadas me puse como meta poseer uno algún día, y estuve a punto de adquirirlo, pues en ese entonces yo aún no tenía a mi hijo. Lo que me hizo reconsiderar la compra fue el hecho de que, para llegar y regresar de la oficina, debía tomar escabrosas rutas que se tornan aún más ásperas en la temporada de lluvias. En el peor de los escenarios (mi integridad física aparte), mi carro miniatura ultradiseñado se vería muy poco cool arrastrado camino abajo por la corriente o enclavado en un bache.
Fue entonces que mi vista saltó al otro extremo de las escala de coches, y acabé comprando una camioneta. Ahora me alegro muchísimo de haber tomado esa decisión, pues a los pocos meses estaba embarazada y no sé en dónde hubiera metido la carriola, la silla del bebé, mi bolsa, la pañalera, las bolsas del súper y eventualmente a uno que otro pasajero. Y luego mi marido me pregunta que por qué en el piso de mi coche se pueden encontrar todo tipo de objetos, que van desde un caramelo chupado y derretido por el sol, hasta cáscaras de pistache, envolturas de lo que sea y papelitos varios. Es en verdad de no creerse que alguien que, como yo, padece la obsesión de andar limpiando y levantando todo a su paso, sea la dueña de una camioneta de vestiduras pringosas. Sin embargo, la explicación es muy sencilla: no me da tiempo de llevarlo a lavar y aspirar cada tercer día y mi coche es el auto "familiar', el que se usa para todo, al que se sube todo el mundo, en pocas palabras, el de batalla. Además, en este momento mi prioridad ya no es manejar un objeto de deseo. Ya me resigné a que tendré un minúsculo deportivo cuando mi(s) hijo(s) ya no necesiten ni sillas ni carriolas. Por lo pronto ahí está el coche de mi esposo, en el que siempre podemos contar para sentirnos otra vez jóvenes, solteros y compactos.

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Predecir el futuro


Durante muchos años sentí una fascinación por las artes adivinatorias. Me he hecho leer el tarot, la baraja española, el café turco, la mano y seguramente algún otro método que se me está olvidando. Me quedé con las ganas de que me leyeran los caracoles y el agua (que no sé ni cómo se haga eso), y digo "me quedé" porque hace un tiempo decidé que ya no recurriré más a ese tipo de prácticas . No es que tenga nada contra ellas, ni que no crea en las mismas (de hecho muchas veces me dejaron "con el ojo cuadrado"), es sólo que ya no siento la necesidad de que alguien prediga mi futuro. Creo en el destino y en la aventura de irlo descubriendo paso a paso. Sin embargo, no puedo negar que "preguntarle al Oráculo" es algo emocionante y divertido. Todo lo anterior porque me topé con esto. Si les gustan este tipo de experiencias, seguro se van a divertir.

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Mamá (y papá) Van



Aperitivo antes del plato fuerte del viernes: el post que hablará sobre mi camioneta de mamá.

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El que no tenga memoria, que se haga una de papel.




Nunca me he valido de una agenda para seguirle la pista al transcurrir de la vida. Jamás he rellenado los apartados alfabéticos con los datos de mis conocidos, y es raro que me tome la molestia de apuntar una cita o un pendiente. Si llego a hacerlo, no acudiré o resolveré el asunto en cuestión por haberlo visto escrito en una página, porque no tengo el hábito de revisar una libreta. Siempre he confiado en mi memoria, ese sistema mental que hace relaciones numéricas y encuentra referencias que sólo tienen sentido para mi cabecita loca, ese tía regañona que sirve como una especie de alarma de despertador que recuerda eventos importantes. Ese cascabelito que siempre había evitado que me olvidara de cumpleaños, fechas de pago y, antes de que dependiéramos de las agendas de los celulares y de la opción de discado automático, también de los números telefónicos de cualquier persona a la que le tuviera que marcar más de una vez.
Me gustaba pensar que aprendía las cosas tal cual reza la expresión en inglés by heart, es decir, que retenía la información no con la cerebro, sino con el corazón. Para que lo anterior no se entienda como cursilería, lo que quiero implicar es que recordaba asuntos por gusto y no por obligación.
Estoy refiriéndome a tal cualidad en tiempo pasado pues los últimos días he sentido que estoy perdiendo esa facultad. Con esto de que "ahora soy mi propia empresa", que vivo en una casa de la que soy la principal responsable, y que cuido de otra existencia (pequeñita en dimensiones pero enorme en significación), estoy empezando a pensar que es hora de cargar con un cuadernito para anotar todo lo que no debo pasar por alto. (Y sí, quiero papel y tinta. Mi móbil tiene una aplicación para cualquier menester de este tipo, pero por alguna razón, ni la lista del súper me gusta elaborar ahí.)
Atribuyo mi incipiente pérdida de memoria no sólo a mis múltiples ocupaciones. Quiero creer que es también porque estoy estoy iniciándome en el ejercicio de utilizar mi capacidad craneana para almacenar sensaciones y no datos.
Estaba dándole vueltas a mi teoría cuando me topé con esta nota, que no sólo habla de la ventaja de documentar la vida para fines prácticos sino también como referencia biográfica. Resulta que escribir las cosas es muy recomendable y, como apunta de manera metafórica, ayuda a aliviar nuestra "memoria RAM" y así bajan nuestros niveles de estrés.
La vida es aquí y ahora, y si transitando por ella voy a cargar con algo, prefiero que sean experiencias, imágenes y nociones, no datos y números. Que esos últimos se queden en el papel para cuando los neesite, que yo prefiero andar más livianita por ahí.

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Nuevo integrante en la familia


Tenemos tal fama de amantes de los gatos, que ayer una vecina vino a ofrecernos a este en adopción. ¿Cómo negarse ante esa carita? Ahora tenemos dos, Mio y Tao.

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¡Ñoña, ñoñísima!


Cualquiera diría que en la primaria fui una "matada". Tuve un promedio tan bueno de manera constante durante los cinco primeros años, que en sexto fui elegida para ser parte de la escolta de la Bandera Nacional, honor máximo de mi prestigiadísima -lo pondría entre comillas, pero no quiero ofender a nadie- escuela. Sin embargo deserté (no le avisé a nadie, simplemente dejé de presentarme) a dicha honorabilísima labor porque podía más mi timidez que el orgullo de marchar resguardando el Lábaro Patrio frente a todo el plantel los lunes por la mañana. También tuvo que ver mi aversión a portar un día extra a la semana ese uniforme café de tela rígida tan poco cómodo (ya no se diga favorecedor) que nos hicieron usar para las clases de deportes a lo largo de todos los años de educación básica.
En fin, a pesar de haber sido condecorada con semejante privilegio, ser merecedora del mismo no me representó ningún esfuerzo ni sacrificio de ningún tipo, por lo cual lo de matada no aplica. Más bien era súper nerd (relativo aislamiento social incluído, aunque no fui una cuatrojos oficialmente sino hasta que estuve a punto de pasar a la secundaria). Ponía atención en las clases, generalmente hacía las tareas, y ya con eso me iba muy bien.
No entraré en detalle de lo que sucedió en el bachillerato, cuando las hormonas y distracciones propias de la edad anularon por completo mi sentido común y mi rendimiento escolar se fue al piso, pero materias pasadas "de panzazo" y muchos exámenes extraordinarios aparte, en todas mis actividades extracurriculares (que fueron varias) siempre fui la estrellita -igualito que Max Fischer en Rushmore, un desastre en la escuela, pero ajonjolí de todos los moles.
Seguí con esa tendencia en la mayor parte de las clases de la carrera, sobretodo en las que más me interesaban. Siempre sentada hasta adelante, siempre levantando la mano. Aunque no fui ni de lejos la mejor de mi generación, terminé sintiéndome bastante satisfecha con mi desempeño y promedio general, los cuales me valieron nada más y nada menos que la exención de la tesis.
En resumen, y por si no ha quedado claro, soy una ñoña. Ñoña, ñoña, ñoñísima. Hay quien incluso me considera bastante geek (para ser una ama de casa, pues). Eso no sería relevante en este momento de mi vida si mi naturaleza nerd se limitara a suergir en las aulas, pero no. Ahora que estoy realizando nuevas actividades, me doy cuenta que quiero hacerlo todo, quiero hacerlo bien, y quiero ser la mejor.
¿Les suena familiar? Conozco a varias con la misma historia que la mía. Mujeres tomándose más que en serio todos sus papeles (de profesionista, esposa, madre, ama de casa, cocinera, decoradora, etc.). Importando poco lo que los demás puedan pensar o los títulos y reconocimientos que se puedan obtener, el problema de ser ñoña es que una se pierde toda la diversión. Entonces, a lo único a lo que debemos dar todo nuestro tiempo y dedicación es a aquello que disfrutamos realmente, a lo que nos da satisfacciones que se hacen llamar profundas y duraderas, pero sobretodo, a las cosas que podemos hacer bien sin sufrirlas. En resumen, está bien ser nerd pero nunca una matada, y ser ñoña es un síntoma de que vamos directito por el camino que se toma para ser en una mártir.
El peor escenario es el riesgo de convertirse en Bree Van De Camp, ¿y quién quiere ser una mujer frustrada, de rostro inexpresivo, ojos fríos y cabellera sin vida? Por más exitosa que sea laboralmente, por bien que cocine o linda que tenga su casa o jardín, ahí sí, prefiero que me reprueben en todos los aspectos de la vida que ser como ella. Quiero pasármela bien siempre.

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Retro

Lo retro no sólo está de moda, ¡es una inversión segura! Cualquier objeto cuyo diseño haya no sólo sobrevivido el paso de los años, sino que ahora esté revalorado, es algo que se apreciará por siempre.

Por eso yo estoy optando por ese estilo (además de que le va de maravilla a mi casa).


Este refrigerador, por ejemplo. ¿No es una belleza?


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Vaya dilema


Me compré una bolsa de tela para el súper y está tan pero tan mona, que ahora no la quiero usar para lo que es, sino como accesorio de moda. Eso es lo malo con las cosas bonitas, ¡una no quiere usarlas porque se desgastan!

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Como relojito.



A unos cuantos meses de haberse convertido en madre y ama de casa, una amiga que fuera directora de arte de dos de las más prestigiadas revistas femeninas en México, me dijo que un cierre editorial se podía considerar una tarea simple comparada con el acto de llenar una pañalera. Por supuesto que no le creí y pensé que era una exagerada, pero le dí por su lado para que no se sintiera incomprendida (ya bastante mal la estaba pasando la pobre con el proceso de adaptación). Bueno, pues ahora no sólo le creo, sino que he comprobado en cuerpo y alma su teoría. No es porque nunca haya logrado salir sin olvidar echar algo a la pañalera, es sobretodo porque no logro desentrañar el orden que debe llevar una jefa de hogar. Ya sé, ya sé. Me lo han dicho infinidad de veces. Para que todo esto sea más fácil lo único que tengo que hacer es organizarme. Lo que sí necesito es que alguien me diga cómo se hace eso, pues llevo más de año y medio intentándolo y todavía no he descifrado el sistema. Yo solía llevarle el pulso a un equipo laboral, mes con mes triunfaba en la faena que representa que todos los colaboradores externos entreguen su trabajo puntualmente, veía porque se cumplieran a rajatabla con los calendarios, era rarísima la vez que mi equipo y yo dejábamos la oficina después de la hora de salida, nunca me pasé ni un peso del presupuesto establecido y no es por alardear, pero en más de una ocasión ganamos premios en nuestro ramo... En resumen, el proyecto profesional que tenía a mi cargo marchaba "como relojito". Sólo que eso era pan comido comparado a lo que tengo que calcular ahora: precios fluctuantes de los alimentos, altas sumas injustificadas en los recibos de los servicios, ausencias imprevistas del personal doméstico, incumplimentos por parte de cualquier prestador de servicios, solicitudes repentinas para las actividades de la escuela del niño, no poder mandar al querubín a clases por algún síntoma sospechoso, encargos laborales de hoy-para-mañana, y demás eventualidades que en verdad encuentro dificilísimo (como decía Silvia Pinal en la película El inocente) controlar.
Me he acercado a las expertas, he consultado bibliografía, en resumen, he realizado investigación en general. Les voy a ahorrar berrinches y les voy confiar lo que he descubierto: Nadie parece tener un plan que comprenda más de 24 horas, y el mismo se tiene que hacer a las 6,30 (a más tardar 7) a.m. del mismo día. Ponerse metas a cumplir en rangos de 15 a 20 minutos también me funciona, pero estén advertidas: ni siquiera así hay la garantía de que todo saldrá como esperaban. Algunos aspectos (como citas con el doctor o hacer una visita social) se pueden manejar en términos semanales, y sólo las vacaciones se pueden preveer de 1 a 3 veces al año (si se tiene suerte). Pero no más. Y entonces me doy cuenta. Claro, así es. Estar en casa es tan impredecible como la vida misma. Esto no es una revista.

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Soy un cliché



Todas nos sentimos únicas y en cierto sentido lo somos, pero no hay que creérsela. Así que empezaré por poner el ejemplo y lo admitiré de una vez por todas: soy un cliché. Si se asoman a mi bolsa encontrarán una lista del súper, un carrito de mi niño, tickets de compras y un estuche "de cosméticos" cuyo contenido se ha reducido a un espejito, una lima y un bálsamo para labios. Nunca sé en dónde dejé mi cartera. Voy al mercado, compro flores para mi casa. Comento el precio del jitomate bola con quien se deje. Me emociono cuando me topo con un accesorio de cocina lindo, o con esa espátula que tanta falta me hacía y que no había encontrado en ningún lado. Siento ganas de llorar cuando no me sale el arroz. Me encanta la ropa, los zapatos, los lentes y las bolsas. Hace mucho que no me hago un corte de pelo atrevido porque ni tiempo tengo para peinármelo. Tengo un hijo y quiero otro (y quién sabe, quizás otro más). Tuve una carrera ascendente y ahora "freelanceo" exclusivamente dentro del horario y calendario escolar (o por las noches). Cuando no estoy saturada de pendientes, hago galletas para amenizar una tarde. Leo apenas un par de páginas del libro en turno antes de quedarme dormida. ¿Podría ser más común? Y lo más aterrador de todo es que -detalles más, detalles menos-, mi historia es la misma que la de mi madre y que la de mi abuela, y que la de mi bisabuela ... eso no sólo anula cualquier atisbo de originalidad con el que pude soñar, sino que me convierte en un lugar común histórico. Así me ven muchos y lo mismo aplica para ustedes, señoras. Algún día nuestras hijas e hijos nos considerarán un grano de arena más de ese desierto que forma la idea de las amas de casa, como una figura aburridísima y triste, deprimida y abnedgada, pero eso no importa. Sólo nosotras podemos saber lo disfrutable y magnífico que es ser parte de este cliché.

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"Señito"


La vida me ha dado indicios de que no me tengo que preocupar más por cómo se dirige a mí la gente. Pareciera que "Señora" o "señorita" no se aplica a alguien con mi descripción o características y que nada me define mejor que "Señito". Con lo que me molestan los diminutivos. En verdad, a muchas las hará sentir mayores y se indignarán como si las hubieran insultado, pero yo prefiero que me digan Señora. El "señito" lo entendí como queriendo hacer alusión a que soy una madre y ama de casa joven, pero resulta que no necesariamente lo pronunciaron con esa intención. Qué dilema. Como si una no tuviera ya bastantes problemas de identidad.

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Enfermedad congénita degenerativa




Sufro de una espantosa condición y me temo que es irreversible. Estoy desarrollando ese mal exclusivamente femenino que padecen algunas desde muy jóvenes, aunque también puede presentarse en la edad adulta. Nunca antes había presentado síntomas: me ha venido a partir de esta metamorfosis en la cual llevo ya casi año y medio. He pasado a ser parte del clan de mujeres que no pueden dejar de limpiar. Y no hablo de lavar trastes, ni de trapear (Dios me libre de que algún día me pase eso), sino que no puedo parar de intentar poner orden.
Si estoy en mi casa, parece que me prendieron un radar para detectar objetos que están fuera de su lugar. Recojo trastes, mamilas, juguetes, clasifico papeles. Acomodo las cosas de un cajón o reorganizo la alacena. Regreso todo "a donde va", porque de otra manera cuando se necesite no lo encontraré (y si yo no lo ubico, nadie más en esta casa será capaz de hacerlo). Además porque si no lo hiciera así, (léase con voz de mamá sufrida) ¡esta casa sería un chiquero!, en donde nadie encontraría donde posar su vaso o plantar su pie para dar paso. Hasta aquí sonaría una obsesión que si no lo ven con ojos de psicoanalista, puede ser bastante razonable: al ser mi hogar también mi lugar de trabajo, necesito extremar precauciones. Porque si en los escasos (¿qué serían, 5?) metros cuadrados de los que disponía en la oficina donde solía trabajar nunca encontraba nada, imagínense en la inmensidad de mi casa. Lo terrible es que he llevado esta conducta al extremo de una molesta enfermedad: me he descubierto poniendo orden en lugares como restaurantes, hoteles o casas ajenas. ¿Ya saben? Ya soy como esas señoras que atosigan, que no dejan a nadie estar en paz en una reunión porque están levantando los trastes antes de que uno acabe de comer. Que alguien me detenga. Lo digo en serio. No quiero llegar a ser como esas tías o mamás que tienden la cama en el hotel. De alguna manera ya formo parte ese grupo al levantar las migajas que tira mi niño por donde va pasando. ¿Qué sigue? ¿Una aspiradora cuca que combine con mi outfit para cargarla a donde vaya? Y luego una acaba prefiriendo electrodomésticos por sobre bolsos o zapatos, qué horror.

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Mineral del Chico



Como seguimiento de esta remodelación que pareciera nunca culminará, habíamos postergado en varias ocasiones un trabajo de carpintería que haría imposible estar en casa durante un par de días. Sin más remedio que abandonar el confort hogareño y citadino por el fin de semana, me puse a planear un viaje exprés que, por su carácter inesperado y no presupuestado, debía ser a un lugar cercano, lindo y muy barato. Después de preguntar entre la gente más cercana y de una exhaustiva investigación en internet, el ganador fue Mineral del Chico. Al igual que la gran mayoría de ustedes, yo no tenía idea en dónde estaba eso ni qué se podía hacer ahí.

Les dejo el link y les aseguro que si algún día deciden ir, no se arrepentirán. A mí hasta me gustó para vivir ahí ... ¡cuando me retire!


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Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa...


Cuando una se dedica a su casa, parece caerle encima todo el peso del sentimiento más enfadoso de la tradición judeocristiana - por eso yo ya me estoy interesando por el budismo, en el que tal concepto no existe: la culpa.
Sintiéndonos bajo la lupa de las leyes de este dios moderno al que llamamos sociedad, los motivos para experimientar remordimientos de conciencia son múltiples y las manifestaciones ominipresentes: en el aspecto económico, (porque no estamos administrando el gasto familiar tan bien como podríamos), en el de la alimentación (porque no estamos cocinando y/o comiendo tan sano como deberíamos), en el emotivo (porque nuestras múltiples responsabilidades no nos dejan pasar suficiente tiempo de calidad con el marido, los hijos, los padres, los hermanos o las amigas), en el físico (porque no estamos haciendo ejercicio o descansado lo suficiente para rendir mejor), en el higiénico (porque no estamos comprando los productos de limpieza más esterilizantes del mercado), en el social (porque estamos haciendo otras cosas mientras otra pobre mujer nos ayuda con la limpieza del hogar), en la educación (porque dudamos de estar formando a nuestros hijos "perfectamente"), en lo profesional (porque "¿En dónde quedó mi carrera?"), y así la lista puede seguir unos cuantos renglones más, pero creo que ya tengo un punto.
Quizá (sólo quizá), yo soy la única ama de casa neurótica que experimenta esto, pero sospecho que no. Y es que es sólo natural que pongamos tanto interés y preocupación en lo que hacemos, que suframos mucho más intensamente cualquier inquietud que pudiésemos haber llegado a sentir al realizar algún proyecto en el ámbito laboral: ahora es nuestra vida, nuestra familia, nuestra casa lo que está en juego.
Lo gracioso es que ninguna de nuestra decisiones puede tener repercusiones tan rotundas como imaginamos pero si no nos preocupásemos, ¿qué tipo de ama de casa seríamos? Una jefa de hogar relajada, pero a esas generalmente se les llama "fodongas" y ninguna de nosotras quiere ser tachada de tal cosa.
Pareciera que nunca estamos conformes. Si estamos tiempo completo en una oficina la culpa se presenta por sentir descuidamos la casa y la familia. Si nos dedicamos únicamente al hogar y a los niños ni el esfuerzo más grande y mejor intencionado es suficiente, y el desasosiego aprovecha cualquier huequito para instalarse. El estudio linkeado arriba sugiere que una posible solución son medias jornadas, pero sé de buena fuente que no es así. Lo mejor es no tomarse tan en serio el papel, jugar a que todo lo hacemos De entrada por salida y disfrutar los beneficios de ser multifacéticas. ¡Ya hubieran querido tanta versatilidad nuestras abuelas!

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De lo que uno se entera...


Una flor de col adorna mi cocina. Ya había notado que tenía unos puntitos blancos, pero nunca se me ocurrió que se tratara una plaga. Parecía más bien parte de la textura de la hoja. Fue Margarita la que me hizo ver que eran "pulguitas", y se las quitó lavándolas. El electricista que estaba trabajando en el antecomedor, escuchó nuestra conversación y me preguntó si le "permitía un atrevimiento". Sólo quería recomendarme que, si quería librarme de bichos, con tener un crisantemo por aquí y por allá bastaba, pues resulta que antes de dedicarse a lo que hace ahora, trabajó mucho tiempo en control de plagas. Confirmé el dato aquí. Qué bueno saberlo, ¿no?

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El libro


Aquí les dejo la dirección correcta del libro al que hice referencia en mi text Pare de sufrir en vista de que cometí un error y cuando querían verlo las enviaba a la imagen del post. El libro se llama:

Happy Housewives: I Was a Whining, Miserable, Desperate Housewife--But I Finally Snapped Out of It...You Can, Too! de Darla Shine.

y se puede leer en este link en versión PDF. ¡La maravilla de estos tiempos!

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El síndrome del yo-yo


Otra vez siento que ruedo. Mis "michelines" desbordándose de la cintura del pantalón (porque de la mía ya no hay ni rastro), la papadita hereditaria que ya se parece más a la de un pelícano y los mofletes protagonistas de toda fotografía reciente no me dejan mentir. A dos años y medio del nacimiento de mi niño, ya no puedo culpar al embarazo de mi excedente de peso. Hace exactamente un año estaba igual, y con la perspectiva de las vacaciones en la playa empecé a ir con una nutrióloga. Atendí con regularidad por algunos meses, bajé lo que tenía que bajar, me dejé de cuidar y ahora estoy igual que al principio. Lo que acaban de leer no es algo nuevo, de hecho podría afirmar que es la historia de mi vida. Si bien no tengo duda de que se trata de algún tipo de desorden alimenticio, estoy convencida que más que una nutrióloga necesito terapia psicológica. ¿A quién creo que engaño cuando me empiezo a "portar mal"? Estaba decidida a volver con mi asesora de cabecera pero ya decidí que lo tengo que hacer sola de una vez por todas. Para ello me apoyaré en este blog que les recomiendo muchísimo. Así que para no fallarle al lugar común del lunes, aquí vamos, ¡a empezar la dieta! Y un poco de ejercicio tampoco me vendría mal...

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¡Pare de sufrir!


Esto no es una propaganda religiosa, es una invitación a disfrutar lo que haces, que, si me estás leyendo, muy probablemente que tenga algo que ver con ser ama de casa (aunque se aplica a cualquier ámbito). Y no lo digo de dientes para afuera, ni porque estas líneas las vaya a leer mi mi marido, ni para quedar bien con mis amigas que también se dedican al hogar, ni con aquellas que siguen trabajando. Esta es una afirmación desde una fuerte convicción de que mi tarea actual es un gran privilegio, sobretodo habiendo tenido anteriormente grandes satisfacciones profesionales.
Este post una invitación a cambiar de actitud ante la vida, porque pareciera que siempre estamos añorando lo que fue o lo que todavía no es. En el caso de las que ahora damos prioridad al cuidado de nuestros hijos, podría ser la eterna añoranza de la carrera perdida, de la maravillosa nómina quincenal, de la flamante oficina o del espectacular puesto que estaba impreso en unas elegantísimas tarjetas de presentación. También podría ser un futuro que ahora se vislumbra muy lejano en el que pudiéramos tener más tiempo personal o "regresar a ser esa que era yo".
Mi intención no es ponerme en el pedestal de un ser superior, ni de mujer abnegada, pues muchas veces suspiré con desesperación por lo anteriormente descrito, y sigo haciendo tremendos berrinches por tener que realizar algunas labores propias del hogar. También sigo lamentando muchísimo sentir que no tengo tiempo para mí. Sin embargo me he dado cuenta que tener esta oportunidad de cuidar a mi niño y de mi casa es algo valiosísimo, y que como tal lo asumo y lo disfruto. Reconozco que para llegar a gozarlo aún más (y sobretodo si quiero seguir con mis "chambitas" que me hacen sentir algo-más-que-una-ama-de-casa) necesito mucha organización y uno que otro consejo como "No te lo tomes tan en serio". Por eso me puse a buscar bibliografía y encontré este libro que promete darme valiosísimos tips. Así nada más de ver el índice, me doy cuenta que ya hay puntos que tengo muy claros, pero que no está de más recordar. Esa es la cosa de los temas de superación personal, que todo mundo dice que son verdades evidentes pero que ojalá las tuviéramos más presentes. Si lo leen, me dicen qué opinan. Yo ya lo empecé.

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Mente de principiante



La primera vez que preparé un arroz no tenía idea cómo hacerlo. Pregunté, me dí a la tarea, cuidé los detalles y obtuve un resultado aceptable. Mis intentos subsecuentes han sido todos y cada uno de ellos un desastre. Le he dado vueltas al asunto y después de repasar medidas, condiciones y características de los recipientes, he llegado a la conclusión que mi problema fue mi actitud, creer que ya sabía. Estar convencida de que era muy sencillo y que ya dominaba el procedimiento y ¿saben qué? Ni la abuelita más experimentada, ni el mejor cheff del mundo puede darse el lujo de esa postura porque la cocina (como la vida) es tan caprichosa que siempre da sorpresas.
Ayer me presentaron este concepto, que en el Budismo Zen se llama Shoshin. Se refiere al ideal de mantener siempre la emoción por el inicio de algo, e implica sinceridad, modestia, humildad, franqueza, paciencia y sacrificio. Lograr y mantener esta disposición es muy difícil, pero a cambio se pueden obtener tantas posibilidades como las que ofrecería el viaje en el tiempo, pues para quien lo practica, cada oportunidad representa un nuevo comienzo.
Así que ahora tengo ganas de imprimir la representación caligráfica de esta idea para tenerla en mi mesa de noche, y verla al despertar y antes de dormir para nunca olvidarla, para iniciar cada actividad y todo nuevo día con la actitud de un niño que está descubriendo el mundo. No está demás para cualquiera, pero para mí que soy una impaciente por naturaleza, me parece casi tan necesaria como si fuera una prescripción médica.



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Es la hora



Lo que realmente es el lema del Mundial Sudáfrica 2010 pareciera una sentencia para novias y esposas. Hoy muchas mujeres se quedarán "viudas" o volverán a ser "solteras" durante un mes. Otras empezarán a tramitar los divorcios. Perderán a sus parejas en aras de una competencia que no tiene que ver con otra fémina.Y es que si a los hombres les preguntan durante una Copa Mundial qué prefieren, si el fútbol o la compañía de su novia o esposa, la mayoría se decidirán por la primera opción. Yo no entiendo por qué una cosa tiene que estar peleada con la otra. Evidentemente es porque a muchas de mis congéneres no les interesa ni poquito el evento, pero eso tampoco me cabe en la cabeza. Vaya, yo no soy ni remotamente futbolera (y eso que crecí rodeada de 4 hermanos hiper fanáticos del balonpié), pero aprecio el acontecimiento de cada 4 años. Supongo que debo atribuir mi tolerancia a que creo entender el bello espíritu de dicho deporte, y por eso tengo la firme convicción de que la FIFA World Cup es un evento digno de seguir (y más aún si eso implica compartir un ámbito extra con la pareja). No tenemos que enterarnos de liguillas y demás torneillos del estilo, pero el Mundial y la Eurocopa son tan emocionantes que no se necesita saber demasiado del tema para disfrutarlos. Ahora, si para ustedes mujeres anti-soccer, tal deporte representa lo que para mí el fútbol americano, del que no entiendo nada, ni sé de equipos, me parece aburridísimo y eterno, y del que no me interesa aprender, entonces las apoyo y organícense maratones de Grey's Anatomy o la serie de su preferencia con sus compañeras de dolor. Yo sí voy a ver el Mundial.

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A propósito de cine




Como me imagino que les pasa a la mayoría de ustedes (señoras con hijos), desde que soy madre son contadas las veces en las que voy al cine. Sin embargo, de cuando en cuando se presentan ocasiones en que dan una cinta que ya sea mi marido, yo, o ambos, no podemos esperar a ver en DVD, y entonces hacemos todo lo necesario para lograr estar sentaditos en las butacas por lo menos 20 minutos antes de que empiece a girar el celuloide.
Para mí, Sex and the city 2 representaría uno de esos acontecimientos de tremenda urgencia. Aunque al 95% de las mujeres que conozco (siendo el 1% detractoras de la serie y el otro 4% nunca se ha dado el tiempo de verla), sí me considero una de las más grandes admiradoras de la misma. Prueba de ello es que tengo las primeras ediciones de cada una de las temporadas (y 2 en el caso de la 6a pues la que sacaron en México traía un final alternativo que la norteamericana no), y que sus cajas están rotas y algunos discos rayados por tanto uso (y por descuido, también hay que decirlo). Inicié en esto que pareciera haberse convertido en un culto a varias de mis amigas más cercanas, y he visto cada capítulo (uno tras otro) al menos 10 veces. Además ya una vez escribí un post acerca de la transformación que considero que he sufrido comparando mi antes con Miranda y mi después con Charlotte.
El resumen es que después de cálculos exhaustivos combinando los horarios de las funciones con los de la escuela de mi hijo (y teniendo clarísimo que mi marido de ninguna manera me acompañaría en fin de semana para esta ocurrencia específica), ya me resigné a que esta vez no me será posible ver en la pantalla grande la película de las que fueran mis heroínas. Sin embargo, siento la imperiosa necesidad de escribir sobre el tema que está en boca de todo el mundo.
Al día siguiente de las proyecciones de SATC 2 para la prensa, la red se llenó de reseñas rebosadas de aversión que han destrozado el filme. Como parte de la fanaticada y aún sin haber visto la secuela, creo entender la raíz de tanta antipatía: la decepción. Porque aunque aún no veo la 2a, salí sintiéndome profundamente desencantada de la 1a versión cinematográfica. Aunque ya me había dado cuenta que desde el inicio los personajes son bastante irreales, incongruentes con su edad y su época y las actuaciones vergonzosamente exageradas, tenía la ilusión de que usaran el filme como una nueva oportunidad para reivindicarlas (específicamente a Carrie). Y no. Se dieron el lujo de ponerla en el papel más abnegado y dependiente de su vida, pero también más fashion y glamorosa que nunca. Lo que más me soprende es que la crítica no se ensañara tanto con la primera versión como con la segunda, si ese fue el primer chasco que nos llevamos las seguidoras de la serie (qué mayor incongruencia podrían haber retratado que la de dos incasables que se casan?). Creo que ya se podían haber imaginado qué esperar de la secuela y que, como en la vida misma, tenemos una de dos: o rechazar el principio y hacer como que las películas nunca existieron, aferrándonos al pasado glorioso de la serie, o bien ir a verla con la mejor disposición de disfrutar lo disfrutable, que entre escenarios y vestuario debe ser mucho. Yo, cuando lo logre, definitivamente la veré con los ojos de alguien que entiende que si bien una serie NUNCA debería ser llevada a la pantalla grande y que por si fuera poco "segundas partes nunca fueron buenas", mi concepto de fan es acompañarlas hasta el final, por más agonizante que éste sea (y que espero, en serio sí sea ya éste de una vez por todas). ¡Ya quiero verla!

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Corre que te alcanzo



Últimamente el reloj me está jugando una mala broma. Es casi como si pudiera ver las manecillas aceleradas dar vueltas completas a la carátula, como en ese recurso cinematográfico que se utiliza para representar el transcurrir de una época...Y yo, corre que corre.
Ahora resulta que los lunes me emocionan. Y esto no tiene tanto que ver con que me he buscado actividades gratas para iniciar la semana, sino más con el hecho de que los siento como una nueva oportunidad de ganarle la carrera al tiempo. ¿Será que esta semana lo lograré?

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Si tienes tele...


La televisión nos proporciona temas sobre los que pensar, pero no nos deja tiempo para hacerlo.
Gilbert Cesbron

Ya casi nunca veo la televisión. Tengo acumulados como 15 capítulos de In treatment en el aparato de grabación digital que ya está al 80% de su capacidad, una temporada de Six feet under, una de Entourage, una de 30 Rock (todas en DVD), y muero por rentar los documentales de The September Issue, Helvetica, Objetified en el Apple TV...pero no tengo tiempo. Si llego a contar con unos minutos de sobra en casa (ja), tomo un libro, o una revista... o checo las redes sociales. En fin, por lo anterior, hace mucho que no veía comerciales. Ayer, al prender la pantalla para poner una película para mi niño, mi atención no pudo evitar ser atrapada por el anuncio de la película de Sex and the city 2 -una cinta que, aunque sé que está 3 veces peor que la primera, no puedo dejar de ver y reseñar.
El caso es que en cuanto terminó el promocional de la película, empezó la publicidad de un líquido para la limpieza de la casa. No voy a entrar en detalles del producto, pero el resumen es el siguiente: un ama de casa joven, guapa, que se nota contemporánea pues, resuelve rápido, de manera eficaz y de buen talante un aprieto en el que el marido "la metió".
Esos 15 segundos de publicidad estuvieron dando vueltas en mi cabeza toda la tarde. No sabía qué era lo que me causaba más conflicto, si que me hubiera identificado con la protagonista del mini drama comercial o que se siga perpetuando la idea machista de que una mujer tiene que saber hacer de todo, hacerlo bien y además de buenas. Entonces, una amiga posteó esto en su Facebook. Mi primera reacción fue: "Claro, 60 años han pasado y nada ha cambiado!". Sin embargo, después de pensarlo con la cabeza fría, creo que la diferencia principal radica en que ahora las que nos dedicamos a nuestro hogar (al 10 o al 100%), lo hacemos porque queremos. La mayoría de las mujeres de los 50's no tuvieron mucha elección. Ahora, eso no quita que para nuestra generación sea aún más difícil que para las del siglo pasado. Al final, a ellas las mentalizaron, canalizaron y prepararon para lo que tendrían que hacer. Nuestro caso es especialmente complicado porque pareciera que sólo nos proyectamos para estudiar y trabajar. Somos prácticamente la primera "camada" de mujeres que salen de las universidades a las oficinas por varios años, para después (o al mismo tiempo), tratar de procurar lo mejor en casa, y eso implica muchas ganas, dedicación, paciencia, frustraciones y sacrificios (tan banales como dejar de ver televisión). Y si no hay ganas, y/o tiempo y disposición, pues siempre se puede comprar comida hecha en la cocina económica de la esquina, por ejemplo. Yo sí prefiero aprender a cocinar y, por qué no, disfrutarlo. Sin embargo, la principal ventaja que tenemos sobre nuestras ancestras no es que tengamos alternativas para resolver lo que no podemos o no queremos hacer, si no que podemos hablar sobre ello. Lo que nos diferencia de nuestras abuelas es que ya no les servimos a todos para luego quedarnos en la cocina lavando platos, que no guardamos bajo llave nuestras recetas, y que hablemos de nuestras inquietudes no está mal visto, sino que hasta es comprendido y apreciado. Así que supongo que algo sí se ha ganado, aunque sigamos sin tiempo de ver cómo nos retratan en televisión, lo cual, creo, no está nada mal.

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El incómodo "ex"


Este post no se trata de desamor, pero sí tiene que ver con desilusiones del pasado. Con idilios a los cuales, como a esos noviazgos necios que no queríamos que finalizaran nunca, terminamos (para bien) por darle vuelta a la página. Mi intención no es hacer referencia a una pareja con la que rompimos, sino a un estatus perdido. A la incertidumbre de la definición personal ante un presente tan nuevo. Y es que ahora, cuando me preguntan qué soy, no me siento suficientemente ama de casa, ni suficientemente escritora, ni suficientemente traductora para presentarme como cualquiera de las anteriores. Entonces recurro al irrefutable pasado acompañado del engorroso prefijo y entonces me siento más impostora que nunca, como no queriendo soltar lo que ya quedó atrás.
¿Por qué necesitamos un título que nos defina, una empresa que nos adopte, una nómina que nos ponga un sueldo y que nos valore más que como sólo una chica? Eso es tan retro como ponerse el apellido del marido o llorar por el primer novio que perdimos, y sin embargo muchas veces se antoja indispensable para explicar de dónde venimos. Somos y hemos sido muchas y al final nada nos determina de manera absoluta.
Así que a veces una etiqueta como esta es la que se me antojaría portar. No podría haber mejor tarjeta de presentación.

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Enamorada



Si, como dicen por ahí, el amor a los hombres les entra por los ojos, ahora entiendo por qué a las flores se les ha comparado con las mujeres.
Y es que, he de confesarlo, me siento como un superficial varón ante la apariencia física: estoy perdidamente enamorada de la belleza de las flores.
Nardos, Casablancas, Azucenas... Me he vuelto dependiente de su aroma. Disfruto muchísimo ver cómo van abriendo las puntas de las Estrellas de Belén conforme pasan los días, y me parece un crímen que las Margaritas se deshojen en aras de conseguir respuesta acerca de un amor incierto.
Siempre pensé que estas últimas eran exclusivamente blancas. Ahora sé que, como las Gerberas (que son las mismas, sólo que más grandes), se encuentran una gran variedad de colores. Las verdes me tienen fascinada.
Intentar saberse los nombres de todas ellas es un reto mayor, y más cuando nadie conoce la nomenclatura científica (esperar semejante cosa sería absurdo) y se denominan de distintas formas, dependiendo de la región o del país. He notado, por ejemplo, que a las Lilis les llaman según su color (a las rojas se les conoce como Acapulco), que las Astromelias son conocidas en otro lados como Lirios peruanos, y que a las Bocas de dragón o Dragonaria, en nuestro folclórico país se conocen como "Perritos".
Las que me quitan el sueño desde ayer que las vi al pasar en el mercado son la Flor de ajo y la de Alcachofa. Su precio me hizo pensármelo dos veces, pero creo que el fin de semana iré a buscar un par de ellas.
Lo único lamentable de mi nuevo vicio es que las uso y las desecho, tal como lo hacen los machos de los que habla Manzanero en su bolero Cómo duele, que "ven una flor y les da por arrancarla".
Por eso estoy considerando tener algunas en maceta (aunque la verdad es que jamás he logrado mantener con vida una planta). El sábado no me pude resistir y compré un Jacinto acuático, pues fue un flechazo a primera vista. Hasta ahora parece que voy bien y si llego a tener un "pulgar verde" como con el que nació mi marido, quién sabe, quizás hasta llegue a ayudar con el cuidado del jardín. Como sea, ahora tengo una aspiración más en la vida: llegar a ser florista, aunque sea de mi propia casa.

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El eterno mañana




Los refranes me divierten mucho pero, así como reconozco su ingenio y sabiduría, hay algunos que me resultan pedantes. Vaya, hablo de esos que suenan como a regaño de abuelita, a ese resabido "te lo dije".
"No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy" sería entonces el que marca el patrón de los dichos que resuenan en mi cabeza toda la vida, pero que pocas veces pongo en práctica.
Cuando se me descompone definitivamente el elevador de la ventanilla del coche para no poderla subir más en plena época de lluvias, es que recuerdo por cuántos meses dije que iba "mañana" a arreglarlo. O cuando pude haber hecho un pago por internet antes de la fecha límite, pero no, porque hay que pagarlo el último día (aunque ya supiera que no iba a tener ni más ni menos dinero al llegar la fecha límite), y el portal del banco se crashea, y tengo que dejar de hacer lo que estoy haciendo para tomar el coche, entrar en un estacionamiento, hacer una cola tremenda, perder un par de horas de mi día... Y así, muchas veces me he dado de topes por no haber aprovechado que un día antes tuve tiempo de hacer algo que después se me complicó terriblemente.
Y sin embargo, me sigue pasando y seguramente así continuaré. Creo que, si mi vida se va a regir por un refrán, me quedo con "No por mucho madrugar amanece más temprano". Como que es menos ñoño, ¿no?

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Tenía que ser... ¿vieja?


El día de ayer platicaba con una amiga acerca de nuestros accidentes automóvilísticos. Yo he tenido MUCHOS y de todo tipo, ninguno grave por fortuna, algunos sí bastante aparatosos. Lo interesante de la charla fue la conclusión: fuera de los tontos percances que cualquiera (independientemente del género) puede sufrir cuando está aprendiendo a manejar, ambas tenemos en común que 75% (por decirlo en términos porcentuales) de los choques que hemos sufrido han sido culpa del otrO. Así es, esos 3 de 4 desagradables incidentes fueron provocados por un hombre.
Así que me puse a buscar estadísticas y encontré esto.
Las mujeres podremos no ser muy hábiles para manejar (y además, como en todo, hay muchas excepciones), pero por lo mismo solemos ser más responsables y precavidas. Los hombres suelen ser más irresponsables y agresivos al volante, desencadenando infortunios mayores.

Y como este mito, hay muchos otros que pueden leer aquí para darnos cuenta que no es que seamos "menos" que los hombres en ningún sentido sino que, generalmente, se nos hace muy mala publicidad. Así que no ayudemos a perpetuar los estereotipos: la próxima vez que alguien diga "Tenía que ser vieja" ya tienen con qué taparle la boca.

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Detener el tiempo




No es casual que en algún punto de la historia el hombre haya soñado con detener el reloj. Los minutos se escapan velozmente frente a nuestros ojos convirtiéndose en horas, días, semanas, meses y años sin que podamos hacer nada por evitarlo.
Y en ese angustiante transcurrir pareciera que cumplimos al pie de la letra con todo lo ordinario (como los trayectos diarios, sacar la basura, lavar los trastos, la ropa, comer, dormir, etc.) y dejamos de un lado lo extraordinario. Tristemente solemos darle prioridad irrefutable a lo-que tengo-que-hacer, y guardamos lo-que-me-gustaría-hacer en el cajón que nunca abrimos ni para quitarle el polvo que se ha acumulado.
Este deprimente síntoma de la escasez de hedonismo de los tiempos modernos generalmente suele relacionarse con la llamada madurez y se acentúa con la edad, sobretodo cuando hay que barajar demasiadas responsabilidades.
No es que elijamos ser así, la vida nos orilla a ello, y en nuestros ajetreados itinerarios rara vez hay un apartado que se entitule "Tiempo para mí". Total que lo preocupante es que, un buen día, uno voltea para darse cuenta que ya pasaron veinte años y que todavía no ha emprendido ese viaje soñado, que no se ha inscrito en esas clases que tanta ilusión le provocaban y, que aunque Stephen Hawking acabe de dar tres opciones supuestamente viables para viajar en el tiempo, la verdad es que es poco probable que esa sea una posibilidad real para volver al momento en el que teníamos el espíritu fresco y la fuerza física de hacer muchas cosas.
Así que últimamente he luchado contra las mancecillas para ver si logro robarle los suficientes minutos para juntar tres horas y así poder asistir a una clase de meditación al menos una vez cada tres semanas. También estoy buscándole un agujero a los bolsillos del reloj para ver si con lo que encuentre ahí logro avanzar en la lectura del libro en turno. En ocasiones me quiero pasar de lista y, tomándome un espresso a las 7 de la tarde, logro ver si acaso un capítulo completo de la serie que es en este momento es mi preferida. Desgraciadamente el despertador me cobra esa ocurrencia con creces, y me hace darme cuenta que reducir mis ciclos de sueño sólo resulta en que al día siguiente la rutina me cueste más trabajo y termine aún más cansada. De cualquier modo no me voy a rendir. Seguiré buscando la manera de detener el tiempo un poquito cada día para privilegiar una actividad que no sea de necesidad básica por el puro gusto de hacerlo.

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Entre mujeres


Había una frase por demás dramática que se usaba como promoción para una obra de teatro que se llamaba igual que este post. Decía algo así como "Entre mujeres podemos despedazarnos, pero nunca nos haremos daño".
Indudablemente era impactante y pegajosa, prueba de ello es que hoy, más de 10 años después, sigo recordándola. Sin embargo, si la sigo teniendo presente también tiene mucho que ver con que siempre he puesto en duda es la veracidad de semejante afirmación.
Me vino a la mente este tema porque a mi mundo de problemas light, de señora clase mediera, de niñita consentida, se acercó una vida con muchos conflictos graves. Uno sabe que pasan cosas terribles, pero no es hasta que se conoce personalmente a la protagonista de una historia llena de violencia, dolor y confusión que se toma conciencia de lo importante que es la solidaridad entre mujeres.
Vaya, claro, idealmente el sentimiento fraternal debe existir para con todo ser humano. No obstante, siempre he pensado que el apoyo entre miembros del género femenino es fundamental, porque muchas veces nosotras somos nuestros peores enemigos.
Frases como "Le dieron el ascenso porque seguro anda con el jefe", "Se embarazó por tonta" y "El marido la dejó porque no se cuidaba", fácilmente se convierten en "La violaron porque lo pedía a gritos con su vestimenta".
Preferir los servicios de un profesionista varón porque "seguramente es más capaz", contratar a la soltera que no tiene hijos porque "responderá mejor", o decir que una mujer "no hace nada" porque sólo es ama de casa, es ayudar a perpetuar estos prejuicios. Los efectos son similares a los del malinchismo en un país como el nuestro: el otro (en este caso, el género masculino) nunca dejará de tener la ventaja. Entonces, si considero que es necesario crear una cultura de solidaridad fundamentalmente de género, es sólo por el hecho de que, por más cambios y movimientos de liberación femenina que hayan sucedido hasta este momento, seguimos llevando las de perder, y mucho tiene que ver nuesra propia actitud ante la situación. ¿Necesito más conclusión que eso?

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¿Quién se ha robado mi festival?



Tendría unos 13 o 14 años cuando acompañé a mi mamá al festival del Día de las Madres del maternal de mi hermano más pequeño. La idea no me había causado mucha gracia y ni siquiera sé por qué estaba ahí, lo que sí recuerdo perfectamente es haberme conmovido hasta las lágrimas cuando las pingüiquitas de 2 y 3 años salieron al escenario a cantarle a sus mamitas. Mi madre, que estaba presenciando esto por al menos vigésima vez (estamos hablando de que el que estaba en el escenario era su quinto hijo) me hizo mucha burla. Como sea, desde ese día tuve la ilusión de que, algún día, yo asistiría de invitada especial (y no de colada) a un evento similar.

Eso tenía que haber sucedido hoy pero, como muchas cosas en la vida, resulta que siempre no. Al parecer en algunas escuelas decidieron que no era justo que los papás no tuvieran una celebración igual a la de las mamás, y ahora se está estilando juntar las dos fiestas en una sola. Sobra decir que no estoy de acuerdo con el concepto y que no soy la única. Entiendo la parte de recalcar la importancia de ambos procreadores, de no despilfarrar recursos ni perder tiempo, pero seguramente el día que se lleve acabo este festejo alternativo habrá muchas más mamás que papás porque ellos no se pudieron ausentar un par de horas de la oficina (aunque las mamás que trabajan sí lo hayan hecho).

Al final no pasa nada, igual voy a ver a mi niño cantar en un par de semanas y me va a encantar que mi marido esté ahí también. Simplemente es volver a recordar que la igualdad se debe basar en la diferencia, que ser mamá NO es igual que ser papá y que no sólo se trata de reconocerlo un día al año, pero que la tendencia a homogeneizar no ayuda.

No me queda más que felicitar a todas aquellas que, como yo, se despidieron para siempre de su cuerpo "de soltera', dejaron de consumir lo que les gustaba durante todo el embarazo y la lactancia, a las que ya nadie les cuenta lo que son los dolores de parto o la recuperación de una cesárea (o ambas), a las que han perdido (y seguirán perdiendo) horas irrecuperables de sueño y a todas aquellas que su (o sus) hijos son la razón para levantarse todas las mañanas antes de que salga el sol. Feliz día. Y qué importa que no nos hagan un festival exclusivo, los papás nunca sabrán lo que es sentir que tu bebé se mueve dentro de ti.

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Usted no debe preocuparse por el futuro



Últimamente el mensaje que encuentro por todos lados es "Hay que vivir el momento". Suena trillado, ¿no? Algo que hemos escuchado toda la vida. Sin embargo, esa afirmación generalmente se entiende como exprimirle hasta el última gota a los episodios extraordinarios de la vida para después evocarlos repetidamente y añorar sin descanso los siguientes. Esa es una interpretación perfectamente errónea del mensaje original. Yo soy muy impaciente. No sé si decir que me viene de naturaleza o que la cultura en la que vivimos me ha vuelto así. Lo terrible es que siempre lo he sufrido sin darme cuenta. Para mí, el tratar de vivir por adelantado hablaba de orden, planeación, y por ende, progreso. No fue hasta que, por recomendación de una querida amiga, entré a tomar clases de meditación y entendí el concepto de la frase de una manera completamente distinta. No voy a tratar de explicarlo, mejor les recomiendo este reportaje (en donde desarrollan el tema extraordinariamente) que fue otra de las señales que he encontrado últimamente, junto con un papelito que me salió hace unos días en una galleta de la suerte y en el que leí la frase que le da título a este post.
Nota:
Eckhart Tolle, a quien mencionan en el texto, tiene un libro que se llama El poder del ahora. (Cuando fui a comprarlo me preocupó que los dependientes de la Gandhi me miraran como a una de esas personas que buscan verdades evidentes en libros de superación personal. Pues bien, sólo les puedo decir que, literalmente, arriesgarme "valió la pena".)

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¿Es ella más que yo?


Es lo que se preguntan muchas al toparse con la imagen de una mujer espectacular en las páginas de una revista. Yo rara vez me dejo intimidar por esa supuesta perfección. Tras años de trabajo en publicaciones de moda y belleza, conozco perfectamente los largos procesos de estilismo a los que se someten las modelos y cuánto se retoca una foto antes de publicarla.
Sin embargo, tenía que ser en un día como hoy, en el que me siento vieja y achacosa, resignada a que nunca volveré a lucir como cuando tenía veintitantos, que me encontrara con esta nota.
Ya, ya. Es una superestrella y no sólo dedica varias horas diarias a entrenar en el gimnasio, seguramente también tiene un cheff personal que viaja con ella a todos lados. Tiene acceso a los mejores asesores y productos de belleza, y es muy probable que varias veces se haya dado una "ayudadita" quirúrgica. Eso no quita que tiene mucho mérito que una mujer de esa edad y que tuvo dos embarazos luzca así. A pesar de todas las facilidades antes mencionadas, lo que sí hay que admirarle es la constancia y la fuerza de voluntad, que con eso nadie pudo haberla ayudado. Y lo digo yo, que no me he decidido a pintarme el mechón de canas para no ser esclava del tinte y que rara vez me acuerdo de ponerme la crema anti-arrugas...

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A pedir de boca


Nunca fui dueña de uno de esos hornitos mágicos - de fabuloso diseño cincuentero- tan representativos de nuestra generación. Siempre me parecieron demasiado naive, inclusive para una niña de 7 u ocho años. Además creo recordar que en alguna ocasión probé uno de esos pasteles que supuestamente llegaban a su punto de cocción gracias al foquito de 30 watts que se encontraba en su interior. Obviamente esa fue la razón principal para que yo no anhelara poseer uno de esos juguetes. ¿Para qué iba a querer un aparato que producía bizcochos tan poco apetitosos? Cuando yo me puse a hornear fue en serio. Tendría 10 u 11 años y pasaba las tardes de viernes haciendo galletas que generalmente quedaban duras como piedras. Solamente mis hermanos menores eran lo suficientemente golosos y temerarios para arriesgar su dentadura a cambio de un bocado que además generalmente resultaba empalagosísimo. También preparaba pasteles, e inclusive tomé un curso en el que aprendí a hacer chocolates. Esos sí que me quedaban buenos.
Los años pasaron, y la falsa idea de que sería profesionista de tiempo completo eternamente me fue alejando de las estufas. Sin embargo, a partir de este tremendo cambio de vida por el que he pasado en los últimos meses, he descubierto lo que es la pasión por la cocina. Me he quitado manías (como la de no poder manipular carne cruda) e ideas absurdas (como que ciertas preparaciones, como la del arroz, están reservadas solo para las expertas) y me he lanzado de lleno a aprender las recetas de la familia materna. Siempre juré que éstas terminarían por perderse, pues no sería yo (la única mujer sobreviviente de mi familia) la que se diera a la tarea de recopilarlas y practicarlas hasta el punto de perfeccionarlas. Si llegaré a igualar a mi nana y a mis ancestras, se sabrá acaso dentro de un lustro sino es que una década. Por lo pronto la familia ya tiene una esperanza más (aparte de mi hermano que también se ha puesto a cocinar) de que la tradición no se pierda.
Lo que todavía no logro es manejar la frustración de que un platillo no quede "como debería" después de tanto trabajo e ilusión invertidos. Ahora sé lo que se siente querer tirar a la basura un guiso con todo y recipiente. Los que saben de estos menesteres me han consolado diciendo que este sentimiento es absolutamente normal y que, no importa cuánto mejore, nunca quedaré del todo satisfecha. Vaya panorama. Lo bueno es que siempre habrá un deli o un take out para sacarnos del apuro, pero el sueño de cualquier cocinera que se precie de serlo es que todo quede a pedir de boca.

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